viernes, 5 de enero de 2007

Medardo Fraile: UN INGLÉS EN LA CORTE DE LOS DIABLOS


Por Medardo Fraile. Diario Ya, 21 de Diciembre de 1996.

Con el año que acaba se nos ha ido Charles David Ley, hispanista católico nacido en Londres que llegó a España en 1943, después de enseñar inglés en Lisboa durante cuatro años, y lo primero que hizo en la frontera fue preguntar por don Pío Baroja, del que lleva un montón de libros en el coche que le traía de Portugal y al que había visitado dos veces en París, cuando don Pío estaba en el Colegio de España, a principios del año 37.
Carlos - así le llamábamos todos los amigos -, tenía la virtud, poco inglesa, de escuchar, adaptarse y participar con alma y vida en lo que para él era nuevo. distinto y apasionante, con lo que expresaba, además, amor y respeto. Sus grandes querencias fueron la literatura y la vida y, dentro de la literatura, la poesía y el teatro, aunque de Lisboa se trajo publicada una novela corta, escrita en portugués, Encontró Final.
En el pías vecino trató a buen número de escritores y Portugal fue, para él, una antesala grata del gran jolgorio español en el que siempre durmió menos de lo que quiso y trasegó cantidades ingentes de manzanilla sin faltar a nadie todo lo cual compaginaba responsablemente con su trabajo de escritor, traductor y profesor de inglés en el Instituto Británico, y de lector incansable. Prueba de lo bien que se encontraba en nuestro país, es que, en un poema que escribió en español, decía que quería vivir doscientos años - lo cuál es comprensible -, y en otro manifestaba su deseo entusiasta y nada recomendable de ser "el perro de Despeñaperros". Seguramente, como el gran poeta sudafricano Roy Campbell, hubiera preferido morir en una plaza de toros española a vivir en Inglaterra. Jesús Pardo, en sus sinceras y trágicas memorias, asegura que Charles David Ley se aburría en Londres y echaba de menos su ajetreada vida hispánica, pero es cuestionable, porque, en Inglaterra, volvía a ser muy inglés y yo le encontré siempre a gusto en su casa del viejo y distinguido barrio de Chiswick, donde, en otras épocas, habían vivido escritores famosos, como Juan Jacobo Rousseau, William Yeats y los ingleses Alexander Poppe y Thackeray, entre otros. En cualquier caso, la huella que le dejó nuestro país quedó personificada en su vida por la mujer española con la que se casó, Paz, de la que fue pareja inseparable, más de cuarenta años. Yo le dije un día, en broma, que él también, como el resto de los españoles, había gozado de cuarenta años de Paz.
La vida literaria madrileña de la Posguerra está impecablemente reflejada en sus memorias que publicó en 1981 con el donoso título de La Costanilla de los Diablos. Él vivió esa vida y se la hizo vivir también a otros, porque en las tres o cuatro casas que habitó en Madrid y en el Instituto Británico, vitalizado por él y por su director, el gran "gitano" irlandés Walter Starkie, entraban y salían los ángeles y los diablos que animaban las tertulias del Café de Fénix, primero, y luego del Café Gijón, durante muchos años. Y no solo ángeles o diablos, sino dioses o semidioses, como Pío Baroja, que tenía fama de no ir a ninguna parte, Julio Caro Baroja, Dámaso Alonso, Julio Gómez de la Serna, Germán Bleiberg, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Camilo José Cela, José Hierro, Roy Campbell y un largo etcétera. Carlos formó parte de la "Juventud Creadora", que capitaneaba José García Nieto; publicó poemas en la revista del grupo, "Garcilaso", y , en aquellos años, admiró sobre todo, el gran ingenio de Julián Ayesta, los versos diferentes de Rafael Montesinos y Leopoldo Panero y los delirios hamletianos de un poeta singular: Carlos Edmundo de Ory. Las páginas que dedica en sus brevas memorias - 140 páginas a la "Juventud Creadora", a Cernuda en Londres, a Roy Campbell - al que yo conocí en la pensión dónde vivía Carlos, en Tres Cruces 7 -, y al Primer Congreso de Poesía celebrado en Segovia, no tienen desperdicio y mantienen hoy el más vivo interés. La continuación de esas memorias, con el título de La Cueva de Salamanca, se ha quedado inédita y merece que un buen editor se tome interés por ella.
Carlos optaba, preferían los de la cizaña. Pero su actitud fue siempre inteligente, generosa y de gran modestia. Recuerdo una vez en que los dos estábamos charlando en el "Gijón" y se acercó un mequetrefe que iba para poeta diciéndole con ironía:
"Carlos, se te está poniendo aire de genio". Su contestación fue mínima y ejemplar: "Ojalá", dijo.
Le conocí en 1948, poco después de estrenarse un drama mío en un acto, El hermano, que él elogió. Luego emprendimos juntos, la traducción de una obra del angloamericano Auden, de la que se hizo una lectura dramatizada en el Instituto Británico. Cuando llegué a Inglaterra por primera vez, me encontré una tarjeta suya en la residencia urgiéndome a ver las ruinas de la abadía de Shaftesbury, que había levantado en el siglo IX Alfredo El Grande. Mis primeras navidades inglesas las celebré con Carlos y estuve con él en el VIII Congreso de Hispanistas que se celebró en América, donde él habló muy bien de la poesía española... Fue un hombre recordable y un buen amigo nuestro.


APARECIDO EN 'CAMINAR CONOCIENDO, PÁGINA 22

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