viernes, 5 de enero de 2007

Carlos Segovia: PEQUEÑO CUENTO CON SOMBREROS Y ÁRBOLES DE COLORES


por Carlos Segovia

Era aquel tiempo en que despertaba envuelto en la luz pulida de los amaneceres de manzana en que asomaba mi infancia, abría un ojo y después otro para desprenderme de los miedos que poblaban mis sueños durante la noche, y me acercaba a la ventana para comprobar que seguía allí, era el inmenso olmo amarillo de la plaza. Y es que en mi pueblo había árboles de colores. Cerca de la iglesia había cinco castaños de color naranja y abetos rojos como los vestidos de las señoritas de la casa de doña Paquita. A las afueras del pueblo había álamos de color violeta que desaparecían y morían conmigo cada atardecer fundidos con el cárdeno del horizonte. A orilla del río crecía un sauce llorón blanco que espera, como yo, el día en que dejar de llorar. Y la calle principal estaba escoltada por hermosos tilos azules. Yo sostenía la teoría de que, antes de despertar, cada mañana, alguien se encargaba de pintar la vida con los colores de los árboles. De tal manera que los días grises, y con niebla, habían sido teñidos con los árboles grises, las deslumbrantes mañanas de verano se pintaban con los árboles azules, y las sombras de las cosas eran creadas por los árboles negros.

Los niños preferíamos jugar en el gigantesco y robusto olmo amarillo de la plaza, al lado del estanco de doña Esperanza, que vivía sola y casi nunca salía de casa. Nos gustaba subirnos y permanecer allí arriba dominando a las diminutas personas que pasaban por la calle. Muchas veces don Esteban se sentaba bajo él, para lucir alguno de los sombreros de su colección, que aumentaba cada mes con un nuevo modelo que compraba en la ciudad. Dicen que tenía más de cien, y que había exigido traer expresamente desde Irlanda, piel de oveja irlandesa para confeccionarle uno. Tenía, además, un casco prusiano que afilaba su punta cada cierto tiempo, otro casco de conquistador colombino, y un montón de gorros, bonetes, monteras y birretes de todas las épocas. Nosotros desde arriba del árbol dejábamos caer piedrecitas intentando acertar en el sombrero. Y una vez lo conseguíamos, don Esteban se levantaba con un furor colérico y nos mostraba su puño mientras vociferaba insultos y blasfemias que retumbaban en mis tiernos oídos de tal forma que me confesaba de haber escuchado estas maldiciones feroces, pero no de haber maltratado los sombreros del pobre don Esteban.

Una tarde, mientras buscaba arañas en un árbol rosa, encontré en uno de los huecos del tronco una carta. Marché corriendo a mi casa. Me encerré en la habitación, y con vértigo de insecto que recorría mis venas comencé a leerla, esperando que fuera el plano secreto de un tesoro, o un mensaje de alguna guerra olvidada, o simplemente la carta de Dios. Pero no era nada de eso. Me defraudó porque no entendí nada. Estaba escrito en un código secreto porque decía cosas como "los dulces pétalos de tus congelados ojos", o "estrellas que derraman su llanto de luz sobre tu cabello". Y estaba plagado de palabras indescifrables como "concupiscencia" y "estertores". Iba dirigida a "doncella de la luna" y firmada por "corazón desbordado", o desbocado, o desgarrado, o algo así porque no se podía leer apenas. Decidí enseñársela a mi madre, que, tras leerla, me ordenó volver a dejarla donde la hubiera cogido, porque era una carta muy importante. Devolví la carta a su agujero de penumbra, tan inquieta y tan abandonada como la encontré.

Unos mese después, ya invierno, sobrevino la noche del viento. Por la tarde comenzó una brisa gélida que se metió en nosotros por los poros de la piel intentando avisar que se acercaba el viento más cruel de los tiempos. Por la noche nació una ventolera con la fuerza de todos los océanos que se paseó por el pueblo como si fuera el odio de la humanidad macerado durante siglos. En mi casa nos refugiamos en el sótano, donde había un diminuto ventanuco cubierto de tela mosquitera que daba al nivel de la calle. Por aquel filtro de cuadraditos vi pasar al vida arrastrada brutalmente, parecía que el mundo entero se trasladara a otro lugar. A ratos, el vendaval cruzaba por las esquinas y por los aleros de las casas para convertirse en silbido chirriante como los gritos de la noche desangrándose. Vi volar libros, macetas, cacharros de cocina, lágrimas, y a todos nos dejó en la retina una nube negra para siempre. Algunos dicen que se llevó, también, los recueros que guardaba en lo profundo del vientre, y que alguien los habrá recogido en su mente pero sin reconocerlos, ni entenderlos.

A la mañana, el pueblo apareció desnudo. Las casa se abrían sin pudor, sin puertas, ni ventanas, al silencio de derrota que inundaba todo y que dejaba escuchar la lluvia que caía del otro lado del mundo. Aparecieron espigas clavadas como flechas en los marcos de madera de las puertas, y se descubrieron cosas perdidas durante años. Nos íbamos encontrando unos a otros, reconociendo calladamente el envejecimiento salvaje que nos dejó esta noche surgida del odio de desamor de algún dios. No murió nadie, sólo desapareció un bebé en su cesto y fue hallado ileso en una esquina de un establo.

Don Esteban apareció dando tumbos de huérfano, llorando y gritando dónde están mis sombreros, perdidos también, en el desastre de llantos que sacudió el pueblo. Los únicos que pudo conservar fueron los cascos, aunque al prusiano se le rompió la punta, y un pequeño bombín de su abuelo que se quedó atrapado entre las nostalgias del desván.

Pero los músculos se nos derritieron, se detuvo el flujo batiente de la sangre en nuestras venas, y sentimos dentro el peso inmenso de la soledad que nunca antes habíamos conocido, porque nos faltaban los árboles de colores, que el viento se los había llevado al jardín del mundo de los olvidos, y nos inundó la idea de que la luz sería siempre gris, como la de hoy, para el resto de la vida. Solo pudimos sujetar unas delgadas hebras de matices en nuestra memoria.

Un tiempo después el pueblo consiguió volver a su mundo de rutinas. Se seguía viendo, de vez en cuando, alguno de los sombreros de don Esteban que continuaba volando por los cielos. Doña Esperanza, la estanquera, cambió radicalmente su vida, de forma que ahora se arreglaba, se pintaba, e iba a la ciudad a comprarse vestidos nuevos que luego paseaba relucientes y con una sonrisa que no se la había visto nunca. Dicen que es porque le llegó a su ventana una carta de amor de un tal "descabellado".

Con el tiempo nos dimos cuenta que, aunque habíamos perdido los arboles de colores, conservábamos la luz brillante y el humilde consuelo de las flores. A veces descubríamos alguna hoja de color que volvía del mundo de ensueño donde crecen ahora, y hemos comprobado que muchas tardes, tras la lluvia, surge en el cielo un arco de colores finísimos como susurros de luz, y permanece allí, saludándonos. Aseguran, los más ancianos, que es allí donde han ido a parar nuestros árboles de colores, a ése país incierto, repleto de hadas, donde es posible volar.

Carlos Segovia es navero. Estudiante de Derecho.

LEIDO EN 'FONTANA SONORA' SUPLEMENTO DE 'CAMINAR CONOCIENDO' PAGS. VI y VII

1 comentario:

Anónimo dijo...

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