martes, 17 de abril de 2007

ELENA SORIANO: El viejo pipero



El viejo pipero

por Elena Soriano

Todos los días, desde el primero de curso, estaba allí.

Llegaba al colegio casi a la vez que las mamás y las criadas, unos minutos antes de la salida de los niños, se abría paso a través de la gente aglomerada, con humildad y tesón, pidiendo mil perdones, hasta situarse en primer término, al pie mismo de la puerta de salida. Allí plantaba su bastidor plegable como si plantase su banderín de posesión en la tierra descubierta por él solo, y nos obligaba a abrirle semicírculo amplio, sin estorbarle la perspectiva.

Sobre la bandeja de mimbre, la parva y humilde mercancía, distribuida con cierto artificio llamativo, en pequeños montoncitos, separados por tabiquitos de cartón: caramelos, chufas, chicle, pipas de girasol y pelotas de papel colorinescas, con su hilo de goma para hacerlas danzar alegremente en el aire y rebotar, silentes en la palma de la mano...

Él, enjuto, pelicano, el cuerpo achaparrado, el rostro curtido, como si retuviera el asoleo de un prolongado vivir campesino. Y eso parecía en su atuendo, en sus decires, en todos sus modales; un campesino, o más exactamente, un pastor, entre socarrón e infeliz, vestido de pana parda y con la pelambre rapada sobre una frente estrecha. Trascendía a pueblo y a rebaño. Incongruente, todo él, con el ambiente ciudadano y con su mismo oficio, pueril y callejero.

Cuando los niños salían, todos, sin excepción, le veían a él antes que a las solícitas chachas y mamás. Era ineludible hacerle gasto de alguna chuchería. Él las despachaba con una rapidez y una ubicuidad para las múltiples demandas, realmente asombrosas:

-- Diez de pipas, un regaliz, uno de menta, un puro de anís ... Oye, tú: ¿no tienes otra perra? Esta no me gusta...

Miraba y remiraba por ambos lados cada moneda, con recelo y avaricia. ¡"Santa simplicidad"! En estos tiempos, considerar diez céntimos como si fuera una onza de oro... Pero es que, realmente, todo su negocio era así: ruincillo, ínfimo, de tres al cuarto. ¿Cuánto valdrían sus existencias, con "local" y todo? ¿Veinte duros? ¿Acaso cincuenta? ¿Y cuál podría ser su beneficio diario? ¿Cien pesetas? ¿Acaso doble, quizá?...

Era modoso y bonachón, paciente con las impertinencias infantiles; y nunca lenguaraz, aunque, de vez en cuando, le hacían barrabasadas. Conocía a muchos niños por sus nombre, le gastaba bromas, se interesaba por las notas escolares y por los partidos de fútbol. Sabía hacerse querer, con la simpatía de un rey mago pobre...

A vuelta de esperas compartidas, llegamos a entablar conversación. Y así supe que mis conjeturas eran acertadas: sí, efectivamente, toda su vida, hasta que vino la guerra, había sido pastor. Era de la provincia de Guadalajara:

-- De un terreno muy pobre, señorita... Allí no hay más que esparto y tomillos. Pero, con todo ¡aquello era lo mío! ¡Desde que lo dejé, no soy ni sombra! Hace diez años, yo "saltaba aún las cabrillas". Pero esto no me va: me ahoga la capital...

No pude averiguar por qué permanecía en ella.

-- Desde la guerra... ¡Cosas de la vida, señorita!

Conmovedores sus apagados ojos candorosos y su aire de palurdo extraviado que reniega de su aventura en la ciudad.

En lo álgido del invierno, cayó la nevada de rigor, copiosísima. Nadie se extrañó de que el viejecito faltase a la cita con su clientela durante varios días. Pero el primero en que lució el sol, cuando sobre el bordillo de la acera solo quedaban sorbetes sucios, con mondas de plátano y naranja, tampoco apareció. Y entonces, sí hubo comentarios y conjeturas compasivas: ¿estaría enfermo el buen hombre?

De pronto, en el exacto lugar que solía ocupar la cesta de las pamplinas, vimos aparecer un arrapiezo que en el acto llamó nuestra atención: intuimos que su presencia tiene alguna relación con la ausencia lamentada. Y, en efecto, a la primera oleada escolar, el chico opuso un grito sollozante, oportunísimo:

-- ¡Mi abuelo, niños, mi pobrecito abuelo!

Alto en la bullanga y un movimiento general de atención. Alguien pregunta:

-- ¿Es tu abuelo el pipero? ¿Qué le pasa?

Pero casi todos habíamos adivinado ya lo peor: ha muerto. El chiquillo, entre zopillos, suministra pasto de pormenores a nuestra voracidad sentimental: él era su única familia; vecinas de corredor, buenos corazones, están organizando el entierro, para impedir la entrega del pobre cuerpo a la fría caridad municipal; ellas mismas han aconsejado al nietecillo que postule en este colegio, "él decía siempre que todos eran tan buenos para él"...

Gran revuelo de simpatía y enternecimiento, y su inmediata consecuencia ejemplar: niños, mamás, muchachas, hasta los maestros que salen, se apresuran a ofrecer su óbolo, no sólo para el entierro del popular "abuelo", sino:

--¡Y para flores también! -exclama una señora, abrigada con astrakán autentico y que huele a "Diamant Noir", donando un billete de veinte duros al infeliz rapaz.

Menegildas de veinte años límpianse los lindos ojos con la punta de su delantal. Un trasunto del "Corazón" de Amicis...

Hoy he tenido ocasión de pasar por cierta calle de un barrio apartado, al otro extremo de la ciudad.Era hacia mediodía. Caminaba ensimismada, mirando al suelo y regostándome en la primicia agridulce de la primavera, a lo largo del muro gris y soleado de un grupo escolar. Por los anchos ventanales abiertos salía el rumor, dulzón y arrullante de una recitación. Antes de llegar a la gran puerta principal, no sé qué reminiscencia o qué intuición me ha hecho levantar los ojos y mirar al grupo de personas a la espera ... ¡Dios mío! ¿Qué era esto? ¿Me ofuscaba la vista la renovada sangre, caldeada por el sol de abril? ¿Era de veras el viejecito de las pipas o su imagen, metafísica, ante mi? Me he precipitado hacia él, con una mezcla de alegría y de indignación:

-- ¡Pero, oiga! ¿No se había usted muerto?

Me ha mirado de soslayo, encogiendo los hombros, achicándose, en un tardío impulso de escurrirse y desaparecer:

-- ¿De qué colegio es usted, señorita?

Acento reposado, suave, hasta cariñoso. Como encantado, en cierto modo, de topar con una persona conocida. Ante mi gesto duro, incomprensivo, ha cogido su cesta con premura y me ha requerido, a cierta distancia, aparte de la gente. Y ha dicho así:

-- Mire, señorita: ¡hay que hacerse cargo! Este negocio no da para vivir: ¡pipas, en estos tiempos! ... ¡pero no piense mal! Desde luego, sólo lo hago en los grandes apuros, en una extrema necesidad, ¿sabe?... De vez en cuando me muero, recibo el homenaje de mi clientela y traslado el establecimiento a otra barriada. ¡Hay tantas escuelas en la ciudad!...

(ELENA SORIANO. "Solidaridad Nacional". Barcelona, 29 de mayo de 1949)
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Sumarios:

"Conocía a muchos niñospor sus nombre, le gastaba bromas, se interesaba por sus notas y por los partidos de fútbol.

Sabía hacerse querer, con la simpatía de un rey mago pobre...
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"RELATO DE ELENA SORIANO DE LAS PÁGINAS 6 y 7
DE 'CAMINAR CONOCIENDO', Nº 6

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