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jueves, 24 de mayo de 2007

Iswe Letu: Viento Agreste de los Filibusteros


Montada en una mimbre, alazana sobre todo, la Serenidad se ve a ella misma mirando en derredor, en la llanura del destierro.


En un bosque, de tiesos e indiferentes cactus, recoge una cosecha de orgullo, donde, junto a la Espera, se recorta como uno mas de ellos.


Y, sin lugar a dudas -se le nota enseguida por la soberbia- no quiere que sea precisamente el bosque lo que aquí se destaque


El ensueño rebelde, encabritado en las lágrimas de su pensamiento iracundo, escora hacia el viento agreste de los filibusteros.


Y ya se adivina, por el lugar inhóspito en el que vive, que son las milicias unidas del exilio su visión.


Y es el latido mas señalado y mas profundo y mas indivisible de su singularidad la trágica división que lo desgarra:


La del pensamiento virtual y con mayúscula: de certero y muy seguro porvenir (la tumba): libre de rebabas: puro.


La creencia firme, de su sueño rebelde, inclinándose a pensar que, la Espera y la Serenidad, han encubierto al Deshonor.


Y... ¿para qué decir nada del mañana?... No vale la pena al quedar aherrojada en sus instantes.


De momento para siempre.

lunes, 7 de mayo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Arranca la raíz de su deseo



Golpean mis labios las palabras

Todas las palabras, dentro de mi, golpean mis labios: dije que hallé un antílope, pero... ¡que va!... lo que encontré fue un hormiguero...; aseguré que más valía morir que vivir en deshonor... luego, cuando tuve hambre -a pesar de dios, que prohíbe comer mono- me zampé hasta un mandril.

También dije, que velé por dios; y me preguntaron: "¿Crees, acaso, que está muerto, como el mandril que te zampaste?"

Dije, manifesté, declaré... Y todas las palabras golpearon mis labios. Sin embargo, ¡qué vergüenza!, el poderoso cocodrilo no se atreve a medirse en la sabana con el búfalo... Y no obstante se queda tranquilo y silencioso a la orilla del río...

Y... ¿qué decir de ese mismo río?... Se va, y corre, y llega, y sin decir palabra, pone su cuello bajo la raíz que impide el libre discurrir de sus aguas y la arranca de cuajo...

Y de ella... ¿qué decir de ella?... Se dispone a satisfacer su más íntimo deseo femenino: embellece con antimonio los párpados; se coloca un ceñidor de amuletos a la cintura... Y, saliendo al campo, con el pecho al descubierto, sin abrir la boca, casi como el río, se va, y corre, y llega, y arranca de cuajo la raíz de su deseo...

Pero a mi..., ¡qué vergüenza!... las palabras, me golpean los labios.

domingo, 6 de mayo de 2007

Iswe Letu: Vámonos al vado

Vámonos al vado --"Amado, Amado, Amado!: tómame entre tus brazos y vayamos presto, sin perder más tiempo, al vado de Agbañiam." -decía anhelante.
--Tómame y vayamos al vado de Agbañiam: allí, estoy segura, serás un buen amante durante la noche; pero que muy bueno durante la noche -añadió medio exigente y zalamera.

--¡Ay, vado de Agbañiam!: mi inconstante corazón tiene las Alas del Amor que, a veces, muchas veces, se quiebran como una tierna calabaza -advierte disculpándose.

--¡Oh, mi vado de Agbañiam!: mi amante... ¡Qué bueno durante la noche!, ¡muy, muy bueno durante la noche!...

--Pero, ¡ay!, ya llega el alba, ya apunta el día; y mi inconstante corazón, rotas las Alas del Amor, como una débil calabaza, corre, con su fuego abrasador, hacia el Señor de la Sabana, diciéndole:

--"¡Amado, Amado, Amado!: tómame entre tus brazos y vayámonos rápidamente, sin perder un minuto, al vado de Agbañiam." -decía, deseosa, entre inflexible y suplicante.

Algunos de sus amantes lloran y otros, aun con lágrimas en los ojos, se ponen en camino armados de cuchillos hacia el Vado de Agbañiam...

lunes, 23 de abril de 2007

Iswe Letu: Hospitalidad

"tu flauta es como una caña
que se dobla
bajo el peso de un ave de paso"


Rabearivelo

Quisiera que, esa frágil ternura, fugaz como el tiempo de un batir de párpado, quedara alojada en la retina; ya que, son pocos, muy pocos, los que se inclinan ante la mirada, sorprendida e indefensa, de los Hijos de los Hombres:



En su obligado peregrinaje, encuentran una parte de la tierra, y, aun amándola, les es extraña y hasta hostil como hiena acorralada...



Ese gesto de humilde hospitalidad, que no es adulación hipócrita, deja perplejos a todos los presentes y restablece el origen esencial de las moradas, edificadas, no con ánimo agrio de disputa, sino con la firme convicción de albergar al cansado caminante.