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viernes, 5 de enero de 2007

Eusebio García Luengo: RECUERDO DE CARLOS GURMÉNDEZ



Recuerdo de Carlos Gurméndez: un pensamiento rico y pasional.


Eusebio García Luengo habla del que fue su amigo Carlos Gurméndez, escritor, pensador y humanista, madrileño de adopción, notorio en los círculos intelectuales de su tiempo y de ahora.
 Eusebio, amigo de "Caminar Conociendo", hombre que busca y anima la conversación, nos trae los recuerdos de su amigo C.Gurméndez.

Conocí a Gurméndez, nos dice, en esos cafés literarios madrileños como "La Granja del Henar", siendo estudiantes en la Universidad de Madrid. Gurméndez, aunque nacido en Montevideo, llegó muy jovencito a Madrid, y se integró muy bien en el mundo madrileño.

Era un hombre muy comunicativo, muy expansivo, y respecto de otros escritores propiamente españoles, él como hispano americano y con motivo de su estancia en Europa, tenía una visión y una cultura mas amplia que el resto de amigos del grupo español. Era profundo conocedor del pensamiento y la literatura alemana, lo cual era poco frecuente, además de la literatura inglesa, francesa y soviética.

Carlos Gurméndez simultaneó las carreras de Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad Complutense, donde se afilió a la organización estudiantil de izquierdas FUE, lo que le impidió finalizar la licenciatura de derecho en Madrid, teniendo que completar sus estudios en la Universidad de Berlín.

Durante la Guerra Civil dejé de verle, pero en la inmediata posguerra, viviendo él aún en la calle Gran Vía, reanudamos nuestra amistad. Gurméndez es uno de los pocos amigos que siempre me ha sido no sólo muy afecto, si no también muy fiel, y yo le estoy agradecido que siendo una amistad de mas de medio siglo, se acordase de mi y me llamase por teléfono, aun en estos últimos años cuando yo hacía una vida casi conventual.

Gurméndez era hombre al que gustaban los grupos de tertulia en los cafés, a los que llegaba fácilmente por ser un hombre de gran simpatía y don de gentes. Grupos a los que acudía gente muy diversa, de pensamiento políticamente ambiguo, cosa que no se entiende fácilmente por personas que hacen una sola clasificación ; "franquistas", "de izquierdas", ¡ no !, había mucha gente que no eran ni franquistas ni marxistas, entre los cuales estaba este grupo, era gente liberal que habían conocido la República y que hacían una vida literaria de tertulia, grupos de pintores, poetas, literatos, entre los cuales estaban Fernando Chueca, Alfonso Buñuel, hermano de Luis, Carlos Arniches hijo del escritor madrileñista Arniches, Juan Esplandiú, Paco Galicia, etc.

Estas amistades, habiendo sido nombrado agregado cultural de la legación Uruguaya, y su pensamiento opuesto al Régimen, no pasaron inadvertidas, puesto que como diplomático tenía cierta vigilancia, dando lugar a una denuncia que le obligó a marchar de España. En la víspera de su marcha estuvimos sentados los dos charlando en la terraza de un café, porque era verano, en el Paseo de Recoletos.

Entonces marchó a París, Montevideo, Bucarest, años durante los cuales desarrolló una intensa actividad intelectual y diplomática. Desde su exilio colaboró enviando escritos a las revistas Indice, y La Gaceta Literaria.

En 1973 pudo volver a España, a Madrid, que era su verdadera querencia. El siempre se consideró madrileño, pues fue allí donde hizo su carrera, donde tenía sus amistades, donde vivió y donde ha fallecido.

Se incorporó a la vida intelectual, actividad que ha mantenido hasta el final de su vida, junto a algunos de los que fueron sus amigo, tales como, J. L.. Aranguren, José Bergamín, Ortega Espotorno, personaje este fundamental en la Revista de Occidente y el diario El País, y quien le llevó a la colaboración que luego ha mantenido durante tantos años en el citado diario. Se dedicó con verdadera pasión a escribir, dejando una gran obra no sólo en importancia, si no también en cantidad.

Tenía Gurméndez mucho interés en tener lectores, en trascender como autor, de llegar a la gente, cosa que conseguía a pesar de cultivar un género no fácil, un género filosófico, obtuso, con muchas citas de filósofos alemanes. A veces me llamaba por teléfono y me preguntaba :

-"¿Has leído mi artículo ?" . Tenía como digo ese afán de ser leído.

Elena Soriano, Carlos Gurméndez y Eusebio García Luengo mantenían ente ellos una amistad desde años, amistad que les ha traído a esta revista, en la cual los tres han mostrado interés en colaborar. A la pregunta de si además de la amistad les unía un mismo interés por la temática de los sentimientos, Eusebio nos responde :

-No, no creo que hubiese un parecido entre ellos, Gurméndez era mas filósofo y Elena mas novelista. A Gurméndez le interesaba el tema de los sentimientos, las pasiones humanas, el amor era uno de sus temas preferidos, y Elena como novelista tomaba como referencia también esos sentimientos, pero la forma de tratarlos, el interés era distinto, no, no creo que hubiese un parecido.

Entrevista realizada por Manuel Segovia
el 15 de Marzo del 97. Colaboración, Patricia Jiménez


ENTREVISTA APARECIDA EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' Nº 6, EN LAS PÁGINAS 13 y 14

Joaquín Lledó: EL INTRUSO EN EL FUNERAL


El intruso en el funeral
(A la memoria de Carlos Gurméndez)

por Joaquín Lledó*

Hay un tipo de espiritismo que se practica con figuras de tinta. Estas figuras hacen volver la voz de los muertos que nos rondan cercanos, e incluso permiten que con esta voz nos lleguen otras voces; voces de otros espíritus más lejanos, desconocidos y misteriosos (pues no hay que olvidar que hay algunos que piensan que en estas letras pueden manifestarse los mismísimos dioses, aunque son muchos los que piensan que esto no puede ser cierto, al menos que es poco probable). De todas maneras, en lo que casi todos parecen estar de acuerdo es en considerar que, en esto de los espíritus, es evidente que las voces amigas sirven de introductoras, de guías. Son ellas las que, tomándonos y empujándonos con su "aliento", nos hacen adentrarnos en mundos desconocidos. Pero pese a esto, y curiosamente, cuando la voz que en estas figuras nos llega es la de alguien que nos fue verdaderamente próximo, es frecuente que el recuerdo de la ausencia de esta persona nos haga borrosas estas figuras, que por ello, al hacerse imprecisos los límites de su corporeidad, parecen perder la poca o mucha alma del desaparecido que hubiese podido atrapar.
Cuando esto nos sucede, nos quedamos ahí, frente a esas figuras de tinta, más sin verlas, perdidos en la realidad en el recuerdo de las pequeñas cosas vividas con aquel que ya no está; rememorando los confusos presentimientos que compartimos con él; los esperas pasadas a su lado; los gestos de ambiguo significado que con él intercambiamos; el común acuerdo en algo en realidad indefinido ...
Por el contrario cuando el que a nosotros regresa en estas figuras es alguien que, aunque próximo, en realidad desconocíamos, entonces cada una de estas marcas de tinta, cada una de estas huellas, se convierte verdaderamente en una posibilidad "auténtica" de comunicar con alguien que ya está con nosotros. Demasiado lejano la tinta sólo sería tinta, o todo lo más sería literatura, ficción; demasiado cercano su ausencia la haría turbia, borrosa, en definitiva tinta muda.
Decía el filosofo recientemente fallecido Carlos Gurméndez que "Vivir es estar viviendo, seguir los caminos de la vida sin pararse en el albergue del yo, deseando no salir de este paraíso sintiente". Yo no conocí a Carlos Gurméndez. Era Carlos, simplemente, amigos de los amigos, gente de mi gente. Pero curiosamente ahora que se ha ido, leyéndolo, lo que comparto con él no son recuerdos en los que figuran esos amigos (aunque todos ellos sean, por cierto, excelentes camaradas tanto para la fiesta como para el trabajoso lance). No. Lo que comparto con él es el gozo de volver a dar aliento, aunque solo sea durante un brevísimo instante, otras voces. Cuenta Gurméndez, quizás porque a él se lo contaron, la historia de un indio boliviano que llevaba mucho tiempo sentado en las escalinatas de un templo y al que preguntaron: ¿Qué hace usted sentado aquí? "Estoy tristeando", respondió.
Tristear es hilar sombras con el nudo de nuestra congoja de existir. Pero, como el propio Carlos sabía, este demorarse en el ensimismamiento es vano si allí no habitan algunas voces esenciales. Pasó él mucho tiempo de aquel que le fue dado vivir en diálogo con estas voces; probablemente con la secreta intención de hacérnoslas más próximas. De ellos testimonia cumplidamente la obra surgida de su quehacer. Un ensayo sobre la dialéctica subjetiva, titulada por aquel que se complació en ser amante "Teoría del Humanismo: Ser para no ser"; un ensayo de antropología dialéctica: "El secreto de la alienación. El hombre actor de si mismo", en el que evidentemente Carlos se adentra en el difícil problema de intentar delimitar lo que es estar poseído y lo que es personal y libre entrega al proyecto común. Su excelente "Teoría de los sentimientos". Y por supuesto su "Crítica de la pasión pura". En todos estos libros ahondó Gurméndez sus sentimientos, creando laboriosamente surcos que ahora nos permite a nosotros volver a recorrer los paisajes en los que su alma se complació. Él ya no está. Él se fue. Pero persiste en estas figuras de tinta su paisaje, y en él las voces de todos esos pensadores franceses, alemanes, ingleses, daneses y rusos que tan pacientemente sondó.
Han conseguido los filósofos españoles de este último siglo salvar de la constante acción de la nada el concepto de "talante", que es nuestra manera de decir ese "estar ahí" del que hablaba Heidegger. Gurméndez ya no está aquí. Pero su voz, prendida en la tinta y toda ella entregada a la tarea de hacer resucitar otras voces, nos devuelve por entero su talante. Fue Carlos Gurméndez un hombre bueno que amó la sabiduría y quiso siempre compartirla con sus amigos. Quizás Carlos ya no puede participar en aquello que ahora estamos preparando, pues quiso el destino que no llegar a franquear el umbral del nuevo milenio. Pero si lo que ahora proyectamos y preparamos se realiza y, realizándose, nos procura felicidad, en ese caso podemos estar seguros de que lo que hemos realizado es en realidad el sueño de Gurméndez.
Liberado ya de la pesadumbre que ocasiona el saberse condenado a partir, Gurméndez puede ya morar eternamente en los lugares que amaba frecuentar: en aquellas páginas del casi olvidado Marx; en el entusiasmo que precede a las revoluciones o en aquel verso de César Vallejo que él amaba citar: "¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos, // hay, hermanos, muchísimo que hacer".
Y puede hacerlo sabiendo que allí, en esos instante fugaces - pues poco es el tiempo que se toma para leer un verso - a los que sólo la muerte hace perennes, un día recibirá nuestra visita. Pues es de hombres bien nacidos honrar a sus muertos.

Joaquín Lledó es escritor.
Redactor Jefe de la revista Album Letras.

Un Sumario:


"Tristear
es hilar sombras
con el nudo de nuestra
congoja de existir"


CAMINAR CONOCIENDO, Nº 6 PÁGINAS 14 y 15