viernes, 5 de enero de 2007

Ernesto Parra: LO NO DERRAMADO

Lo no derramado

por Ernesto Parra

En 99 cañones por banda, a un Maestro que no le daba miedo la eternidad: sus pasiones menores. Seguiré su camino.

"Él me decía de Bergamín: comunistas hasta la muerte pero ni un paso más"

Él me decía de Bergamín: comunistas hasta la muerte pero ni un paso más. Los animales muestran su conducta al cazador. Si vuelves a nacer Maestro, vuélvenos a matar con tu presencia y tus textos, que yo seré el preso número 10 con el permiso de Chavela. Al filosofo de la nada, conducta de la Nada. Y, la cuna del Caballero Gurméndez en las pajas que, pueda añadir la tesitura. Haré un camino de lujo, pero siempre de regreso.
La muerte es la pérdida total de la memoria.
Buen provecho Maestro.

Ernesto Parra es escritor; autor de Menos da una piedra, Orphenica lyra que se puede leer
en nuestra Biblioteca, Se llevan a mamá y Soy un extraño para ti

Luis Mateo Díez: LA BANDERA


La bandera

Por Luis Mateo Diez*

Misto era el primero en salir cuando don Brano, sin darse la vuelta sobre el encerado, donde ponía las cuentas que luego había que copiar en los cuadernos, alzaba la mano izquierda y mostraba el reloj en la muñeca dejando apreciar los puños raídos de la camisa, que había sido blanca en alguna antigüedad tan remota como la de los cartagineses.
Misto ocupaba habitualmente el primer pupitre, destacado entre las dos filas que lo continuaban, como si el pupitre fuese la punta de lanza de un ejército valeroso. Era el premio al mejor, no sólo al más aplicado sino al más sumiso y al que revelaba los mayores sentimientos patrióticos, algo que los alumnos que alcanzaban el tercer grado, y jamás olvidarían a don Servo y a don Arno, no lograban comprender con exactitud.
En el hueco del tintero del primer pupitre don Brano colocaba todas las mañanas, después de la oración y mientras los alumnos permanecían de pie, la enseña nacional prendida en una vara de fresno, un mástil nudoso y torcido y un trapo precario que mostraba en la franja gualda los agujeros de las balas del frente.
-- Las hordas marxistas fusilaron la bandera porque el odio es ciego y no repara siquiera en los símbolos ... - decía don Brano con frecuencia, cuando vigilaba los deberes dando vueltas por el aula, y los alumnos observaban con temor el brillo de su mirada, la temblorosa mano derecha que aliviaba en su cuello la grasienta corbata, como si aquel gesto anunciara la convulsión que en seguida le llevaría a proferir los primeros insultos y propinar las primeras bofetadas.
Misto regresaba a los veinte minutos exactos. Entraba en el aula sudoroso y sofocado y nada más sentarse se levantaba y salía el siguiente en el orden de los pupitres, de izquierda a derecha.
Hasta que finalizaba la jornada de la mañana, uno tras otro, con el ritmo marcado por Misto, iban y venían de la Escuela al pueblo, inventando el mejor atajo para llegar a la casa de don Brano, subir el tramo de las empinadas escaleras, entrar en el piso, siempre sumido en el abandono de su acérrima soltería, alcanzar la cocina, donde la suciedad goteaba el aroma rancio de los cocidos, y alzar la tapa del puchero para comprobar que hervía su insondable contenido y reponer el agua para que no dejase de hacerlo.
La franja de la bandera mostraba la huella de las balas de su fusilamiento y durante mucho tiempo fue para los alumnos una reliquia temerosa que traía al aula el fragor de la pólvora y el odio. La reliquia perdió buena parte de su aureola uno de aquellos días en que don Brano estallaba en improperios y repartía bofetadas a diestro y siniestro conteniendo a duras penas la alteración que le llevaba finalmente a golpear con el puño la mesa, cuyo tablero había roto en más de una ocasión.
Desde el ventanal del patio los hermanos y sus amigos espiaron asustados al maestro que en el recreo golpeaba con el gancho de la estufa los pupitres vacíos, le vieron luego introducir el gancho en las brasa y llevar la punta candente a la franja gualda de la bandera, donde tres nuevos disparos añadían mayor oprobio al fusilamiento.
Fue Perlo quien calculó mal el agua del puchero de don Brano, lo que motivó que se quemara su contenido y se hiciera acreedor del castigo que suscitaba el forzado ayuno. Al día siguiente don Brano abofeteó a Perlo y en los siguientes continuó golpeándole, buscando cualquier motivo para hacerlo. Uno de aquellos golpes reventó el oído derecho de Perlo y su padre denunció al maestro.
Fue el último que curso que estuvo en el Valle y no hubo especiales comentarios cuando marchó, apenas la discreta referencia a sus rarezas y extravíos, aquella extravagante soledad que le marginaba de todos, como si el gesto huraño y violento de don Brano fuera el gesto vengativo de un terco aborrecimiento del mundo y sus habitantes.
En los diez años que don Brano había ejercido de maestro, siempre desaparecía del Valle en Junio para volver a mediados de Septiembre, uno o dos días antes de que comenzara el curso. Nadie supo nunca de dónde era ni a donde iba. El don Brano que regresaba en Septiembre casi no resultaba reconocible: a su habitual delgadez había que añadir cuatro o cinco kilos de menos, la modesta indumentaria alcanzaba un límite andrajoso y su rostro se escondía en la desordenada barba que había crecido en aquel tiempo.
La gente lo olvidó en seguida y en el aula quedó la vilipendiada enseña sin la huella de más disparos, hasta que un día el nuevo maestro decidió retirarla.
Tuvieron que pasar dos años hasta que en el Valle se supera algo más de don Brano, de su pasado, de sus desapariciones veraniegas.
Una familia que buscaba trabajo en las minas preguntó por él y todos se extrañaron de la devoción con que mentaban su nombre.
-- Ese hombre - dijeron - venía todos los veranos a los pueblos de la Cabrera, a los más pobres y perdidos, y echaba los días en enseñar a leer a quien quisiera y gastaba los ahorros, que no debían ser muchos, en comida para los rapaces. No hay persona más querida y recordada en aquella comarca.

(Relato inédito perteneciente al libro "Días del desván")
Luis Mateo Diéz es novelista.
Su última novela La mirada del alma.

sumarios
"La franja de la bandera
mostraba la huella
de las balas de su fusilamiento
y durante mucho tiempo
fue para los alumnos
una reliquia temerosa"


APARECIDO EN 'CAMINAR CONOCIENDO', Nº 6, PAGINAS 16 y 17

José Esteban: EL HISPANISTA CHARLES DAVID LEY

El hispanista Charles David Ley

por José Esteban*

Conocí a Charles David Ley en el Congreso Galdosiano en Las Palmas de Gran Canaria. Creo que nos presentó Ricardo Gullón y pronto surgió una relación de amistad y mutuo afecto, que duró hasta su muerte el otoño pasado en su Londres natal.
Pertenecía David Ley a esa ya casi perdida clase de hispanistas ingleses para los que todo lo español les es cercano: el paisaje, la cocina, los cafés, las gentes.
Fui yo quien le animé a que escribiera sus recuerdos literarios españoles y fruto de esa colaboración, "La costanilla de los diablos", libro fundamental para conocer cuáles fueron los problemas y las inquietudes de los escritores españoles de posguerra.
Tan singular hispanista vino a Madrid para trabajar en el Instituto Británico, que dirigía otro singular inglés, Walter Starkie. Aquí vivió hasta 1953, en que pasó a ocupar un lectorado de inglés en la Universidad de Salamanca, reclamado por su Rector, Antonio Tovar.
"Fui yo quien le animé a que escribiera, "La costanilla de los diablos", libro fundamental para conocer cuáles fueron los problemas y las inquietudes de los escritores españoles de posguerra"
Partidario acérrimo de la vida social, tuvo trato con cuantos poetas pululaban por aquel Madrid, "aún sin rascacielos de los años cuarenta". Acudió a la tertulia de Baroja, al Fénix, donde iban tanto los poetas de "Garcilaso" como los de la revista "Corcel" y terminó en el Gijón, en las cuchipandas de la "Juventud Creadora", al lado de Cela y de Rafael Montesinos.
Otro fruto de nuestra colaboración fue "Historia de Cardenio", escrita al alimón entre Shakaspeare y John Fletcher, traducida y prologada por él.
Deja escritos, entre otras obras, "Poemas para España", "El gracioso en el teatro de la Península" y "Shakaspeare para españoles", así como numerosas traducciones de poetas españoles. Y, en mis manos, y aún inéditos, la segunda parte de sus recuerdos literarios, con el título de "La cueva de Salamanca", que reeditaré algún día, y que le convierte en uno de los memorialistas más apasionantes de estos años, entre los cuarenta y los sesenta, tan poco estudiados y conocidos aún.
José Esteban editor y escritor.
Autor de novelas y ensayos: El himno de Riego, Breviario del cocido, La novela social, Refranero anticlerical...


sumario:
Acudió a la tertulia de Baroja, al Fénix, donde iban tanto los poetas de "Garcilaso" como los de la revista "Corcel" y terminó en el Gijón, en las cuchipandas de la "Juventud Creadora", al lado de Cela y de Rafael Montesinos.

Charles David Ley: ESTANCIA EN LAS NAVAS (*)

En esto llegaron los calores de verano de 1944. Yo pensaba ir a Vera de Bidasoa, donde muy amablemente me habían invitado a pasar unos días Pío Baroja y Julio Caro. Sin embargo, la presencia del ejercito alemán al otro lado de la frontera francesa y a pocos kilómetros del pueblo de los Baroja me daba reparo. Mientras tanto seguía en Madrid aquel mes de agosto. Para entretenerme iba algunas veces a los toros, a ver a Manolete, con mis amigos José Luis Cano, Azcoaga, García Nieto y especialmente Rafael Romero Moliner que comentaba muy bien las corridas.

El exuberante Enrique Azcoaga, habitual constante del 'Gijón', me mostraba una especial consideración y me invitó a tomar café una tarde en su casa, donde me enseñó las pruebas de imprenta del libro poético de Miguel Hernández, escrito durante la Guerra Civil, "El hombre acecha", que no se había llegado a publicar entonces por la victoria en 1939 de los nacionales. También, Azcoaga propuso hacerme una entrevista en Radio Madrid. Le dije que no sabía si yo no diría algún inconveniente al verme frente a frente con micrófono en el estudio. Se rió Azcoaga: 'Aver si va a dar usted un grito subversivo en la emisora', pero me explicó que había que tener escritas las preguntas y respuestas de antemano. Preparamos en un rincón del 'Gijón' la entrevista, tomando Azcoaga al dictado mis contestaciones. Indagó cuidadosamente mi opinión sobre la moderna poesía portuguesa y española, los novelistas ingleses, especialmente Hugt Walpole, entonces muy traducido al español, Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Victoria Sackville-West y las obras literarias de Walter Starkie, que tenía entonces en las librerías de Madrid dos de sus libros. Aunque me resultaba esta pregunta un poco embarazosa, pude afirmar mi verdadero aprecio por el humor y simpatía de mi director, así como su hondo conocimiento de la música y costumbres de España. Azcoaga me pidió también que opinara sobre Manolete. 'Me parece increible que una persona haga con tanta maestría y garbo'. Al oír esto, Azcoaga me dio un espaldarazo diciendo: 'Se está usted españolizando demasiado'.

Starkie organizó en el Instituto un cursillo de inglés para los primeros días de agosto, pero sin gran éxito, porque pocos estudiantes acudieron con aquel calor. El sábado, día 10 de agosto, cuando llegué al café a primera hora de la tarde después de comer, recibí recado que Azcoaga había tenido que ir fuera de Madrid unos días, dejando la entrevista en manos de un colega suyo de la radio que leería las preguntas tal como Azcoaga las había preparado. En esto, entra en el café Camilo José Cela que acababa de venir de Las Navas del Marqués donde estaba veraneando, con intención de volver aquella misma tarde. Con su voz autoritaria y cavernosa se ofreció a llevarnos a García Nieto y a mi a pasar el fin de semana. Había que coger el tren en la Estación del Norte en hora y media.

-- Pero, dije, ¿cómo puedo leer mañana en Radio Madrid mis contestaciones a Azcoaga?

-- No hay ninguna dificultad en eso, afirmó Cela. Alguno de los amigos aquí presentes se encargará de leerlas en su ausencia.

Se ofreció a ello Manolo Segalá. Luego reparé también en que quizá habría algún estudiante del cursillo que acudiese esa tarde.

-- No sea usted tan cumplidor. ¿Quién va a ir un cursillo un sábado de verano por la tarde? Nada, que esté usted en la Estación del Norte a las seis y media, para encontrarnos a mi y a García Nieto.

Cogimos el tren por los pelos, saltando al último carruaje. Mirando por la ventanilla de atrás vi desaparecer las últimas casas; algunos árboles escasos crecían en los yermos campos. Las dos horas de viaje pasaron rápidas. Como es corriente en los pueblos peninsulares la estación de ferrocarril de Las Navas del Marqués está lejos del lugar. Alquilamos un tílburi destartalado que esperaba pasajeros. En aquel trayecto relativamente corto se hizo noche cerrada.

Entramos en la casa donde estaba alojado Cela para saludar a su mujer. Luego él nos llevó por las calles del pueblo a pasear. Había mucha gente de letras en Las Navas entonces, como por ejemplo, Víctor Ruiz Iriarte, Eugenio Mediano Flores y Martín Abizanda, que es quien estuvo más con nosotros. Entre otras cosas era necesario encontrar un alojamiento, que no era fácil en pleno verano, pero arribamos a la casa de una viuda que se llamaba Luisa Esteban. Había una sala grande que podía haber servido para almacenar grano y que tenía un par de camas en un rincón. Al otro extremo de la sala había una lucecita delante de un cuadro de San José.

-- Aquí tengo a San José, explicó Luisa Esteban.

Como era dura de oído, Cela le gritó con voz de trueno.

-- Es un buen parecido.

Pero ella no le entendió bien.

Volvimos a la casa de Cela donde le habían preparado unos filetes descomunales sin guarnición porque por su reciente enfermedad necesitaba ese alimento. De noche volvimos muy tarde a la casa de Luisa Esteban y había una vaca en al puerta, que en la oscuridad dudamos si fuese un toro, como ha quedado en los "Versos de un huésped de Luisa Esteban" de García Nieto. Yo había llevado conmigo las poesías líricas de Góngora y rogué a Nieto que leyese en voz alta las mejores, porque una buena lectura de poemas dispersa las preocupaciones e inspira la imaginación. Me leyó tres que incluían los versos con estribillo de : "Dejadme llorar / orillas del mar", y el romance que acaba: "El cielo os guarde si puede / de las locuras del Conde".

A la mañana siguiente fuimos a misa cantada en la iglesia del pueblo, donde los enterradores del Ayuntamiento se sentaban en banco aparte, cerca del altar, cosa que impresionó tanto a Nieto que lo comentó en un poema de sus "Versos". Después fuimos a sentarnos a una roca con los veraneantes que se habían tumbado a tomar baños de sol vestidos. Daba una extraña impresión estar así como en una playa con las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, de tonos grises y apagados, y un valle entre montañas extendido abajo en vez del mar.

Por la tarde vimos con Abizanda las ruinas del castillo y un pinar grande donde conversamos largamente. Cerca del atardecer apareció Cela paseando por el pueblo y nos llevó por la cuesta que bajaba desde la rocas de los veraneantes. Nos hizo notar el impresionante silencio de la sierra y cómo la sombra del castillo se alargaba por el valle. Me retó a que bajase la cuesta corriendo para ahuyentar una res que estaba en la ladera. En un poema corto publicado algún tiempo después, expresé mis impresiones de aquel campo al crepúsculo:

"¡Aquel silencio de la tarde entonces,
silencio donde todo se escuchaba!
Las voces de los grillos ocultaban
las mil esquilas por el monte oscuro.
¡Los grandes horizontes de la tarde!
¡La sombra del castillo por el valle!"
.........................................................
"Mira, los montes ya son incoloros,
mira, que cortan ya los baluartes
el claro cielo de un fingido día".

Nos invitó Cela a cenar en su casa. Mientras los demás estaban en la mesa, me fui a otra habitación para escuchar la entrevista de Radio Madrid del falso Azcoaga con Manolo Segalá bajo mi nombre. Creo que la sustitución no quedó mal porque Segalá tenía un acento catalán muy fuerte, a pesar de ser poeta en español y de no saber -según me declaró en conversación una vez- una palabra de la lengua catalana. Noté que donde yo había citado los nombres de Antonio Machado y Federico García Lorca como precursores de la nueva poesía española, Radio Madrid había quitado el nombre de Lorca, de quien en aquellos tiempos no se permitía hablar públicamente.

Después de cenar fuimos al baile de los veraneantes. Me marché por la mañana temprano para reincorporarme al cursillo de inglés, que ya estaba casi vacío. Nieto se pudo quedar hasta el día siguiente.

Los del "Fénix" iban algunos domingos a Cercedilla, donde Julio Gómez de la Serna había alquilado una casa para el verano. En aquellos valles tan deliciosamente frescos en el calor del verano, entre altas montañas, me paseé con María Alfaro y Eusebio García Luengo viendo a lo lejos el sanatorio donde había estado Cela, tan bien descrito en "Pabellón de reposo". Yo tenía puesta una chaqueta nueva con las hombreras demasiado evidentes. Eusebio nos explicó las razones por las que siempre les quitaba él las hombreras a las chaquetas. Mi di cuenta que mi visita a Las Navas había molestado a algunos de los presentes, lo cual me causó cierta tristeza, porque no tenía ganas de reñir con nadie.

La peña del "Gijón" se reunía todas las tardes en la terraza para tomar el café al aire libre. Como yo había visto carteles anunciando la ciudad de Gijón como una playa buena para pasar el verano, tenía la sensación de estar sentado bajo los árboles en una sombra moteada de sol y que ésa era mi playa. Todos los poetas de esa época tan cultivadora de la poesía pasaban por allí. José María Valverde, de dieciocho años escasos, pero ya muy conocido entre los que leían poesía, sufría de una enfermedad del corazón que le llevaría a la tumba -decían todos- en dos o tres años, igual que los poetas de la época romántica. Posiblemente la razón de tantos lamentos anticipados fuese que Valverde ya había publicado en las páginas centrales del "Garcilaso" de abril de 1944 una "Elegía para mi muerte", que empezaba:

"Ya, Muerte, estás en mi.
Ya tu hielo me ha entrado al corazón
y tu plomo a mis pulsos.
¿A dónde iré, si todos los caminos
llevan a tu horizonte?"

Casi todas las tardes entraba en el café a grandes zancadas el joven poeta con su aire de ansiedad de poesía y de sabiduría.

De los que venían a la terraza el que daba la sensación de pertenecer a un mundo más bohemio, a otra época más extravagante, era el pequeño poeta -de estatura, quiero decir- Carlos Edmundo de Ory. Su voz en aquellos tiempos era demasiado alta y chillona, llamaba la atención. De repente apareció contándonos que venía de un periodo de reposo en el manicomio. (En un diario que publicó años después aclara que estuvo en un "conventillo" de Ávila). De repente recitaba versos sueltos sacados de su propia obra poética, como:

"cuando haya muerto todo, cuando haya
muerto todo, cuando haya muerto todo,"

o bien:

"Ponte las zapatillas, loca Ana".
+
(*) El título es de la revista

La Costanilla de los diablos: capítulo VI "Veranos con salidas a la sierra",
páginas 45, 46, 47 y 48
(Memorias literarias 1943 - 1952)
Madrid [1981]: José Esteban, Editor
sumarios:

"En esto, entra en el café Camilo José Cela que acababa de venir de Las Navas del Marqués donde estaba veraneando, con intención de volver aquella misma tarde. Con su voz autoritaria y cavernosa se ofreció a llevarnos a García Nieto y a mi a pasar el fin de semana"

"Había mucha gente de letras en Las Navas entonces, como por ejemplo, Víctor Ruiz Iriarte, Eugenio Mediano Flores y Martín Abizanda, que es quien estuvo más con nosotros"



APARECIDO EN EL Nº 6 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' PÁGINAS 18, 19, 20 y 21

Medardo Fraile: UN INGLÉS EN LA CORTE DE LOS DIABLOS


Por Medardo Fraile. Diario Ya, 21 de Diciembre de 1996.

Con el año que acaba se nos ha ido Charles David Ley, hispanista católico nacido en Londres que llegó a España en 1943, después de enseñar inglés en Lisboa durante cuatro años, y lo primero que hizo en la frontera fue preguntar por don Pío Baroja, del que lleva un montón de libros en el coche que le traía de Portugal y al que había visitado dos veces en París, cuando don Pío estaba en el Colegio de España, a principios del año 37.
Carlos - así le llamábamos todos los amigos -, tenía la virtud, poco inglesa, de escuchar, adaptarse y participar con alma y vida en lo que para él era nuevo. distinto y apasionante, con lo que expresaba, además, amor y respeto. Sus grandes querencias fueron la literatura y la vida y, dentro de la literatura, la poesía y el teatro, aunque de Lisboa se trajo publicada una novela corta, escrita en portugués, Encontró Final.
En el pías vecino trató a buen número de escritores y Portugal fue, para él, una antesala grata del gran jolgorio español en el que siempre durmió menos de lo que quiso y trasegó cantidades ingentes de manzanilla sin faltar a nadie todo lo cual compaginaba responsablemente con su trabajo de escritor, traductor y profesor de inglés en el Instituto Británico, y de lector incansable. Prueba de lo bien que se encontraba en nuestro país, es que, en un poema que escribió en español, decía que quería vivir doscientos años - lo cuál es comprensible -, y en otro manifestaba su deseo entusiasta y nada recomendable de ser "el perro de Despeñaperros". Seguramente, como el gran poeta sudafricano Roy Campbell, hubiera preferido morir en una plaza de toros española a vivir en Inglaterra. Jesús Pardo, en sus sinceras y trágicas memorias, asegura que Charles David Ley se aburría en Londres y echaba de menos su ajetreada vida hispánica, pero es cuestionable, porque, en Inglaterra, volvía a ser muy inglés y yo le encontré siempre a gusto en su casa del viejo y distinguido barrio de Chiswick, donde, en otras épocas, habían vivido escritores famosos, como Juan Jacobo Rousseau, William Yeats y los ingleses Alexander Poppe y Thackeray, entre otros. En cualquier caso, la huella que le dejó nuestro país quedó personificada en su vida por la mujer española con la que se casó, Paz, de la que fue pareja inseparable, más de cuarenta años. Yo le dije un día, en broma, que él también, como el resto de los españoles, había gozado de cuarenta años de Paz.
La vida literaria madrileña de la Posguerra está impecablemente reflejada en sus memorias que publicó en 1981 con el donoso título de La Costanilla de los Diablos. Él vivió esa vida y se la hizo vivir también a otros, porque en las tres o cuatro casas que habitó en Madrid y en el Instituto Británico, vitalizado por él y por su director, el gran "gitano" irlandés Walter Starkie, entraban y salían los ángeles y los diablos que animaban las tertulias del Café de Fénix, primero, y luego del Café Gijón, durante muchos años. Y no solo ángeles o diablos, sino dioses o semidioses, como Pío Baroja, que tenía fama de no ir a ninguna parte, Julio Caro Baroja, Dámaso Alonso, Julio Gómez de la Serna, Germán Bleiberg, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Camilo José Cela, José Hierro, Roy Campbell y un largo etcétera. Carlos formó parte de la "Juventud Creadora", que capitaneaba José García Nieto; publicó poemas en la revista del grupo, "Garcilaso", y , en aquellos años, admiró sobre todo, el gran ingenio de Julián Ayesta, los versos diferentes de Rafael Montesinos y Leopoldo Panero y los delirios hamletianos de un poeta singular: Carlos Edmundo de Ory. Las páginas que dedica en sus brevas memorias - 140 páginas a la "Juventud Creadora", a Cernuda en Londres, a Roy Campbell - al que yo conocí en la pensión dónde vivía Carlos, en Tres Cruces 7 -, y al Primer Congreso de Poesía celebrado en Segovia, no tienen desperdicio y mantienen hoy el más vivo interés. La continuación de esas memorias, con el título de La Cueva de Salamanca, se ha quedado inédita y merece que un buen editor se tome interés por ella.
Carlos optaba, preferían los de la cizaña. Pero su actitud fue siempre inteligente, generosa y de gran modestia. Recuerdo una vez en que los dos estábamos charlando en el "Gijón" y se acercó un mequetrefe que iba para poeta diciéndole con ironía:
"Carlos, se te está poniendo aire de genio". Su contestación fue mínima y ejemplar: "Ojalá", dijo.
Le conocí en 1948, poco después de estrenarse un drama mío en un acto, El hermano, que él elogió. Luego emprendimos juntos, la traducción de una obra del angloamericano Auden, de la que se hizo una lectura dramatizada en el Instituto Británico. Cuando llegué a Inglaterra por primera vez, me encontré una tarjeta suya en la residencia urgiéndome a ver las ruinas de la abadía de Shaftesbury, que había levantado en el siglo IX Alfredo El Grande. Mis primeras navidades inglesas las celebré con Carlos y estuve con él en el VIII Congreso de Hispanistas que se celebró en América, donde él habló muy bien de la poesía española... Fue un hombre recordable y un buen amigo nuestro.


APARECIDO EN 'CAMINAR CONOCIENDO, PÁGINA 22

José Mª Amigo Zamorano: UN CABEZAZO EN EL CRISTAL

Un cabezazo en el cristal

Corbata

... y ella le recordó el incidente, del que se había olvidado por completo, lo que le hizo recapitular:

Efectivamente, las dos primeras veces que fue a aquel banco, las dos, se dio tal golpe en la cabeza con las puertas automáticas que vio las estrellas. De manera que, instintivamente, cuando tenía que hacer algo en aquella institución bancaria, antes de volver a estrellarse como un cornúpeta en el duro cristal, extendía los brazos poniendo las manos a modo de escudo protector.

Una de las veces el automatismo funcionó, con tan mala suerte que las puertas, sin tener que empujarlas, se abrieron en el momento en que salía una señora; y, sin querer, claro está, le tocó los pechos.
Nudo




Azorado, rojo como un tomate, se disculpó y la dama le sonrió, mostrándole de esa guisa que el hecho no tenía la menor importancia. Lo que le tranquilizó. Tranquilidad que le duró unos segundos tan solo, pues su acompañante se puso como un energúmeno: le agarró por la camisa, le zarandeó rompiéndole algunos botones y, finalmente, enarbolando el puño, lo descargó en su nariz.

Recuerda, como si no hubiese pasado el tiempo, que terminó el suceso yéndose la señora -que no le había parecido ni medio bien la acción de su pareja- y su acompañante discutiendo violentamente. Y él se quedó allí, como un pasmado, tocándose la cara dolorida por el golpe del macho, con sus manos perfumadas de hembra.

Luego, días más tarde, por casualidad, volvió a verla esta vez en la calle y le habló. Hay que decir que le cayó muy bien, congeniaron y actualmente es su esposa.

Y asfixia


La misma esposa que le recordaba su comportamiento bestial con un joven que, sin ninguna intención, había tocado su pechera al salir del banco; reconoce, eso es cierto, el mismo proceder -lo reconoce pero no pudo evitarlo- que el que tuviera con él, antaño, una bestia irracional, un macho celtíbero herido en su orgullo.

Pero, ¿qué otra cosa podía haber hecho sin riesgo de que lo tildaran de "calzonazos"?:

-- ¿Eres mi esposa, o no? y ... ¡punto! ¡no hay más que hablar! ...

Epílogo

La matrona y su consorte, tras doblar una esquina de la calle, se pierden de vista discutiendo apasionadamente.

El joven, confundido y golpeado, los ve alejarse.

Sus manos tienen la fragancia de la señora y su rostro el puñetazo del caballero.

Días después la vio sola en un parque y se aproximó a ella, le habló ...

-


Tomado de la revista 'CAMINAR CONOCIENDO' número 6 PÁGINA 23


MI MALDITO HEMISFERIO SUR

por Juan Mayo Garcinuño

Hay un pensamiento muscular, atento, disciplinado, obediente, firme, capaz, que malvive en la derecha de mi cerebro. Está escuálido y subdesarrollado, mi voluntad no ha hecho lo necesario para fortalecerlo. No tengo la misma musculatura mental que mis adversarios. Por eso no consigo las oposiciones. No soy capaz de tragarme las fechas, las competencias, los artículos ... Si alguna mañana comienzo a hacerlo, mi niño mimado, mi pensamiento gaseoso, se me pone impertinente: a preguntar, a lucubrar; que todo eso es su forma de pataleo.

Así se enseñorea de mi voluntad y de conveniencia, y me aplaza la entrada en la vida económica.
Yo le amo. Por supuesto es un amor irracional, un amor loco. Me asusta la vida sin él y no puedo querer contrariarle. Todo lo mejor que tengo vino de sus ilusiones, de sus empeños quijotescos, y del amor.

Soy un minusválido psíquico. ¿Qué puedo hacer para mandar en mí mismo y, con esa fuerza derecha, vencer mi problema?

Sólo unos meses de privación, solo unos meses de sometimiento disciplinado, de dictadura transitoria sobre el niño fantástico que me da todos los gustos que tengo; y lo conseguiría. Pero mi rey no puede estarse callado. Me amenaza con irse si le acallo. Mis razones no pueden con él. Es el más fuerte. Tampoco puedo engañarle.

Yo sé que no es tonto y que podría estarse quietecito unos meses. Sólo mientras trabaja su hermano mayor, el bueno; el mejor hijo de la madre Susanita que soy yo. Sé que podría dejarnos trabajar. Unos meses. No pasaría nada. Sobreviviría. Sin taras. Quizá incluso fortalecido por las privaciones. Pero se me emberrincha. Y me hace pensar que no puedo. Y me hace decir que no puedo. No puedo. Verdaderamente, no puedo.

+

Recogido de la revista 'Caminar Conociendo', número 6, PÁGINA 23