IV Concurso de Poesía "Caminar conociendo"
El jurado formado por: D. José Mª López García (Profesor de Literatura en la Universidad de Salamanca), D. José Mª Muñoz Quirós (Profesor y Poeta), D. Ovidio Pérez Martín (Profesor y Poeta), D. Francisco Ruiz de Pablos (Doctor en Filosofía, Traductor Jurado de Latín) ha fallado el IV concurso de Poesía "Caminar conociendo"
adultos
1º. - Sobre el camino
Avanzo: entre las carnes tersas
de mis sueños
tropiezo con mi propio camino.
Me excedo en la caída
y me levanto con la mirada
vuelta
y el corazón partido.
Avanzo: entre las rocas duras
e impasibles
sospecho que nadie me alienta.
Me paro en la esperanza
y me derrumbo con la sonrisa
rota
y las manos abiertas.
Avanzo, vuelvo a avanzar
a solas.
Ana Mª Agustín Blázquez,
34 años (Ávila)
2º. - El viaje
Enredado en los velos azules
de la noche, en su leve caricia
de algas y de niebla, alcanzo los bordes
remotos de este vaso, donde el tiempo
arruina en alcohol sus oleajes.
Refugio en esta mesa mi fatiga:
es otra sala de espera en el anden
de la estación, un cruce de caminos.
Llegar al fin o dar el primer paso
es solo una cuestión de perspectiva
mientras el tiempo lanza sus trenes
al olvido. Vivirse, estar aquí
parece ser bastante; no se precisa
otra razón para este desafío
que al corazón le dio su vuelo humano.
No importa que el retorno nos arroje
a un hogar de cenizas encendidas
por el suave esplendor de la [memoria.
Sé que todos los caminos naufragan
en este vaso. En su mar diminuto
se acaban las distancias y bebes
de su borde lunar las negaciones.
José Pulido Navas,
39 años (Ávila)
Mención especial
Título: Adiós a un mundo
Llegará por fin aquel día
y no sabré qué decir, qué [palabras.
Melancólico, triste, derrotado ...
Diré adiós - sí - a mis pretéritos.
Alzaré la mano agradecida al recuerdo
lloraré entre dientes la amarga derrota
mi cobarde mirada de Dios se esconderá.
Desertor olvidado.
Volveré la espalda arrogante y seguro;
con lágrimas en mis ojos, huiré [impertérrito.
Un mundo nuevo se abre .a mis pasos.
Nazco abortado en una tierra hostil.
Caminaré solo, y entre rabia y tesón ...
avanzaré ...
Jesús Serna Arenas,
36 años (Ávila)
Juveniles
1º. - Camino de la noche
El manto gris repliega su fuerza
y los álamos tristes cantan a la tarde
Pequeños rayos de una luz tenue
sombrean las nubes azuladas del gran monte.
Cerca está el Tormes, cerca el cementerio
y, próxima la penumbra de la noche
espero que tus pasos me den luz.
Álvaro Mateos López,
19 años (Las Navas del Marqués)
2º. - Tierra
Sigue la noche su camino eterno
en el punto exacto de la Estrella Polar
un guiño, como de ángel, despierta el sueño.
Avanzan lentamente las horas,
Los minutos,
las vidas de los hombres en al Tierra
José Manuel Garzón Hernández,
20 años (Salamanca)
FONTANA SONORA (CAMINAR CONOCIENDO) PAGINA V
A la revista 'Caminar Conociendo', nº 6, se le han ido agregando numerosos escritos. Si desea ojear el número original retroceda hasta encontrar el índice, el staf o los titulares de la misma.
viernes, 5 de enero de 2007
Carlos Segovia: PEQUEÑO CUENTO CON SOMBREROS Y ÁRBOLES DE COLORES
por Carlos Segovia
Era aquel tiempo en que despertaba envuelto en la luz pulida de los amaneceres de manzana en que asomaba mi infancia, abría un ojo y después otro para desprenderme de los miedos que poblaban mis sueños durante la noche, y me acercaba a la ventana para comprobar que seguía allí, era el inmenso olmo amarillo de la plaza. Y es que en mi pueblo había árboles de colores. Cerca de la iglesia había cinco castaños de color naranja y abetos rojos como los vestidos de las señoritas de la casa de doña Paquita. A las afueras del pueblo había álamos de color violeta que desaparecían y morían conmigo cada atardecer fundidos con el cárdeno del horizonte. A orilla del río crecía un sauce llorón blanco que espera, como yo, el día en que dejar de llorar. Y la calle principal estaba escoltada por hermosos tilos azules. Yo sostenía la teoría de que, antes de despertar, cada mañana, alguien se encargaba de pintar la vida con los colores de los árboles. De tal manera que los días grises, y con niebla, habían sido teñidos con los árboles grises, las deslumbrantes mañanas de verano se pintaban con los árboles azules, y las sombras de las cosas eran creadas por los árboles negros.
Los niños preferíamos jugar en el gigantesco y robusto olmo amarillo de la plaza, al lado del estanco de doña Esperanza, que vivía sola y casi nunca salía de casa. Nos gustaba subirnos y permanecer allí arriba dominando a las diminutas personas que pasaban por la calle. Muchas veces don Esteban se sentaba bajo él, para lucir alguno de los sombreros de su colección, que aumentaba cada mes con un nuevo modelo que compraba en la ciudad. Dicen que tenía más de cien, y que había exigido traer expresamente desde Irlanda, piel de oveja irlandesa para confeccionarle uno. Tenía, además, un casco prusiano que afilaba su punta cada cierto tiempo, otro casco de conquistador colombino, y un montón de gorros, bonetes, monteras y birretes de todas las épocas. Nosotros desde arriba del árbol dejábamos caer piedrecitas intentando acertar en el sombrero. Y una vez lo conseguíamos, don Esteban se levantaba con un furor colérico y nos mostraba su puño mientras vociferaba insultos y blasfemias que retumbaban en mis tiernos oídos de tal forma que me confesaba de haber escuchado estas maldiciones feroces, pero no de haber maltratado los sombreros del pobre don Esteban.
Una tarde, mientras buscaba arañas en un árbol rosa, encontré en uno de los huecos del tronco una carta. Marché corriendo a mi casa. Me encerré en la habitación, y con vértigo de insecto que recorría mis venas comencé a leerla, esperando que fuera el plano secreto de un tesoro, o un mensaje de alguna guerra olvidada, o simplemente la carta de Dios. Pero no era nada de eso. Me defraudó porque no entendí nada. Estaba escrito en un código secreto porque decía cosas como "los dulces pétalos de tus congelados ojos", o "estrellas que derraman su llanto de luz sobre tu cabello". Y estaba plagado de palabras indescifrables como "concupiscencia" y "estertores". Iba dirigida a "doncella de la luna" y firmada por "corazón desbordado", o desbocado, o desgarrado, o algo así porque no se podía leer apenas. Decidí enseñársela a mi madre, que, tras leerla, me ordenó volver a dejarla donde la hubiera cogido, porque era una carta muy importante. Devolví la carta a su agujero de penumbra, tan inquieta y tan abandonada como la encontré.
Unos mese después, ya invierno, sobrevino la noche del viento. Por la tarde comenzó una brisa gélida que se metió en nosotros por los poros de la piel intentando avisar que se acercaba el viento más cruel de los tiempos. Por la noche nació una ventolera con la fuerza de todos los océanos que se paseó por el pueblo como si fuera el odio de la humanidad macerado durante siglos. En mi casa nos refugiamos en el sótano, donde había un diminuto ventanuco cubierto de tela mosquitera que daba al nivel de la calle. Por aquel filtro de cuadraditos vi pasar al vida arrastrada brutalmente, parecía que el mundo entero se trasladara a otro lugar. A ratos, el vendaval cruzaba por las esquinas y por los aleros de las casas para convertirse en silbido chirriante como los gritos de la noche desangrándose. Vi volar libros, macetas, cacharros de cocina, lágrimas, y a todos nos dejó en la retina una nube negra para siempre. Algunos dicen que se llevó, también, los recueros que guardaba en lo profundo del vientre, y que alguien los habrá recogido en su mente pero sin reconocerlos, ni entenderlos.
A la mañana, el pueblo apareció desnudo. Las casa se abrían sin pudor, sin puertas, ni ventanas, al silencio de derrota que inundaba todo y que dejaba escuchar la lluvia que caía del otro lado del mundo. Aparecieron espigas clavadas como flechas en los marcos de madera de las puertas, y se descubrieron cosas perdidas durante años. Nos íbamos encontrando unos a otros, reconociendo calladamente el envejecimiento salvaje que nos dejó esta noche surgida del odio de desamor de algún dios. No murió nadie, sólo desapareció un bebé en su cesto y fue hallado ileso en una esquina de un establo.
Don Esteban apareció dando tumbos de huérfano, llorando y gritando dónde están mis sombreros, perdidos también, en el desastre de llantos que sacudió el pueblo. Los únicos que pudo conservar fueron los cascos, aunque al prusiano se le rompió la punta, y un pequeño bombín de su abuelo que se quedó atrapado entre las nostalgias del desván.
Pero los músculos se nos derritieron, se detuvo el flujo batiente de la sangre en nuestras venas, y sentimos dentro el peso inmenso de la soledad que nunca antes habíamos conocido, porque nos faltaban los árboles de colores, que el viento se los había llevado al jardín del mundo de los olvidos, y nos inundó la idea de que la luz sería siempre gris, como la de hoy, para el resto de la vida. Solo pudimos sujetar unas delgadas hebras de matices en nuestra memoria.
Un tiempo después el pueblo consiguió volver a su mundo de rutinas. Se seguía viendo, de vez en cuando, alguno de los sombreros de don Esteban que continuaba volando por los cielos. Doña Esperanza, la estanquera, cambió radicalmente su vida, de forma que ahora se arreglaba, se pintaba, e iba a la ciudad a comprarse vestidos nuevos que luego paseaba relucientes y con una sonrisa que no se la había visto nunca. Dicen que es porque le llegó a su ventana una carta de amor de un tal "descabellado".
Con el tiempo nos dimos cuenta que, aunque habíamos perdido los arboles de colores, conservábamos la luz brillante y el humilde consuelo de las flores. A veces descubríamos alguna hoja de color que volvía del mundo de ensueño donde crecen ahora, y hemos comprobado que muchas tardes, tras la lluvia, surge en el cielo un arco de colores finísimos como susurros de luz, y permanece allí, saludándonos. Aseguran, los más ancianos, que es allí donde han ido a parar nuestros árboles de colores, a ése país incierto, repleto de hadas, donde es posible volar.
Carlos Segovia es navero. Estudiante de Derecho.
LEIDO EN 'FONTANA SONORA' SUPLEMENTO DE 'CAMINAR CONOCIENDO' PAGS. VI y VII
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LA ENEIDA Y NERON EN LAS NAVAS DEL MARQUES
LA ENEIDA Y NERÓN EN LAS NAVAS DEL MARQUÉS
Por Francisco Ruiz de Pablos (1)
Yacen al pie de Guadarrama helado
las Navas del Marqués (éste es su nombre)
donde el florido mayo viste un prado
que no hay escarcha o nieve que lo asombre
Con estos versos nos presenta Lope de Vega al pueblo serrano de Las Navas del Marqués. Envuelto entre verdinegros pinares y a 1. 300 metros de altura sobre el nivel del mar, levanta Las Navas su alegre caserío sobre una no muy extensa longuera en cuyo cabezal se asienta la roca que sostiene el solemne castillo de los Dávila. Emergen enormes verrugas de monumentales rocas graníticas y de pórfido.
Diminutos afluentillos de agua pura forman el caudal arroyado del Valtravieso, luego Cofio, Alberche, Tajo, Atlántico.
En ese pueblo privilegiado está encumbrado Virgilio desde hace siglos y allí pasaron luengas jornadas Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y otros poetas. Y siguen en la actualidad encariñándose con sus visitas a Las Navas otros genios de la literatura, como es el caso del inconmensurable Agustín García Calvo e Isabel Escudero.
Desde ese pueblo montaraz y pinariego irradia el hálito de lo poético. Hace bien poco se recordaba desde allí al mejor de los actuales poetas abulenses, al morañego Jacinto Herrero, impulsor de El Toro de Granito. A la sombra del toro comenzaron en otro tiempo a mugir otros muy buenos poetas, entre los que sobresaldrá Vicente Sánchez Pinto, hoy postrado por la enfermedad en tierras valencianas. En el colegio navero con nombre de poeta enseña a las pequeñas criaturas Ovidio Pérez Martín, con nombre también y extensa obra de honda y sincera poesía pletórica de vida.
Cuentan las leyendas que las Navas debe su fundación a "judíos de Nabucodonosor", seis centurias antes de Cristo. La toponimia demuestra su iberismo puro. Algún altar hubo de haber allí dedicado a Endovélico o a Atagina. La historia atestigua desde Alfonso VI para acá. Y no sin ricas y variadas envolturas legendarias sobre trece roeles de oro en azulado campo de escudo, tal vez intrépidamente arrebatado por los naveros a la morisma. Acaso trece quesos sabrosones, o quizá trece buñuelos dorados en calderas de aceite hirviendo. ¡Ah, las leyendas de Ávila y su tierra!
Unos hechos, con crimen de amoríos incluido, acaecidos en el pueblo serrano y envueltos en retazos de leyenda, suministran a Lope de Vega, secretario del marqués, la base argumental de la comedia intitulada, precisamente, El Marqués de las Navas (*), en cuyos versos un mortífero amor encendido derrite la nieve de aquellas montañas.
Pero subamos al castillo recio y dominador como mandoble de Flandes, epigráfico y guerrero como verso de Virgilio: La fortaleza, otrora morada de los Dávila, domina al pueblo, no sólo materialmente, también con la fuerza del espíritu roqueño el cual a través de sus piedras doradas por los siglos se esparce alegremente entre las gentes del pueblo que tan buen alumnado transporta diariamente a los institutos de Ávila. A lo largo de trece años he tenido entre mis aprendices a cantidad de muchachos y muchachas excelentes de Las Navas, quienes, a pesar de sus diarios madrugones e incordiante retorno en autocar, son la mejor esperanza de su tierra. Algo tendrá que ver en ese plantel envidiable de estudiantes naveros la labor profesoral del "Vicente Aleixandre". ¡A ver si los políticos dotan de una vez al pueblo del necesario instituto!
Mas retornemos a la sinfonía épica de esa mole señorial, silenciosa, evocadora de la grandeza de una España dedicada a descubrir mundos cuando otros países andaban buscando su unidad. Aunque cuánta barbarie cubría de roja sangre los territorios de Europa por obra y gracia de unos invictos tercios pagados con oro de América y estimulados por el vinazo de cualquier procedencia y la fornicación con hermosas flamencas o borgoñonas.
Asomémonos a sus delanteras torres redondas. En una de ellas, en el cubo de la derecha y bajo el balcón que mira a saliente, vemos un pulido sillar en el que con claros, perfectos y grandes caracteres resuena la cálida voz del poeta de Mantua. Mejor dicho su obra inmortal, su Eneida. Mejor aún el canto I, exactamente su hexámetro 421. Aunque no. Lo que está escrito con caligrafía pétreamente imborrable es sólo parte del segundo hemistiquio que retumba suave tras leve corte rítmico en cesura: MAGALIA QVONDAM.
Traducidas a la lengua de la señorial Castilla, esas dos palabras se triplican en seis: CABAÑAS DE PASTORES EN OTRO TIEMPO. Desde la encumbrada garganta del verso, a lo largo de dos pies y medio, las trompas y timbales del poeta golpean con estruendo sintáctico, forte, ma non troppo, ese primitivo plural virginal y virgiliano, resurgido anteroposterior y singularmente en espléndido "urbe" monumental.
El divino Virgilio nos sube en los compases anteriores del primer hemistiquio hexamétrico (oculto al visitante en silencios y elipsis de música callada) a una imponente ciudad, granítica y eterna sí, pero fruto de constancia diamantina inseparable de esfuerzos, desvelos y fatigas para hombres que antaño partieran desde sanos trabajos al cuidado de rebaños bien nutridos y floridas huertas productoras de bien logrados alimentos campestres. Carnes ganaderas braseadas serían servidas a la mesa rústica y resinosa de aquellos primitivos grecoiberorromanos, presididos por el respetado "paterfamilias", no sin el riego de oloroso y virginal vino recio, color sangre táurica, cuya elaboración nada prostituida les enseñara el picarón Baco en la noche de los tiempos.
¿Pensaría estas cosas el Marqués de las Navas, casi a las puertas del tiempo barroco, cuando mandó al maestro cantero gravar bajo su castellano balcón medio verso de Virgilio? Probablemente. Yo sólo se decir que la divina tierra abulense siempre estuvo en los áureos siglos esmaltada de poetas, humanistas, héroes y heroínas, hombres y mujeres con destellos meteóricos y sublimes. Desde la parte que a diario ve amanecer un destellante sol con Tomás Luis de Victoria o con Espinosa, el inquisidor General y Presidente del Consejo de Castilla, hasta el Barco timoneado por el Gran Duque de Alba, a cuyas órdenes sirviera Pedro Dávila. Desde suso en la Moraña con Alonso de Madrigal, Isabel de Castilla, Juan de Yepes, Vasco de Quiroga ..., hasta cruzando la Troya almenada, morada de la andariega hebrea Teresa de Cepeda, ayuso el humanista Pedro Dávila, Marqués de las Navas, sobremanera aficionado a la epigrafía romana. Esa su afición llenó de inscripciones latinas el castillo navero.
Pedro Dávila, en efecto, no se contentó con hacer gravar inscripciones valiosas. Mandó traer desde Mérida a este castillo varias lápidas romanas de mármol y hasta seis cipos funerarios. Casi todo ha terminado, ¡qué lástima!, yendo a parar al Museo Arqueológico Nacional.
Una de las lápidas emeritenses que en tiempos estuvo en la fortaleza navera ofrece la particularidad de ser homógrafa con la más antigua de las que se conservan en Ávila ciudad y que hace referencia a Nerón (mediados del siglo I p. C.) La diferencia es que, mientras la de la capital tiene un error en hiato ortográfico (lo que le confiere mayor interés), la de la Navas es del todo correcta. La que yo descubrí en la ermita de Las Vacas reza: NERO NICLAVDIO. Y ahí se detiene, ¿vez por inconclusa?, ¿o aparecerá algún día el resto? En la ermita se encontró por azar, según pude averiguar, al desconchar un muro. Espero que pronto figure en la reedición del CIL. Algunas gestiones se han realizado a través de Rodríguez Almeida.
La de las Navas reza conclusa y correctamente, como otras varias de distintos puntos de nuestra Península: NERONI CLAVDIO CAESARI AVG GERM PONTIF MAX TRIB PONT VIII COS IIII IMP VII PP. Traducido a la hermosa y rolliza lengua española, en la vieja Castilla nacida, dice: A Nerón Claudio César Augusto Germánico, pontífice máximo, con potestad tribunicia, cónsul cuatro, general siete, padre de la patria.
(1) (El articulista es doctor en Filosofía
y Ciencias de la Educación, traductor jurado de Latín, autor de varias publicaciones, la última:
Artes de la Inquisición, Aula Abierta UNED, 1997)
(*) Ver Caminar conociendo Nº 0
sumarios:
"A lo largo de trece años
he tenido entre mis aprendices
a cantidad de muchachos
y muchachas excelentes
de Las Navas"
"¡A ver si los políticos
dotan de una vez al pueblo
del necesario instituto!"
(TOMADO DE LA 'FONTANA SONORA', SUPLEMENTO DE 'CAMINAR CONOCIENDO' , PÁGINAS VIII y IX)
Pablo Herce: ¿Emblemas masónicos en el castillo de Magalia?
¿EMBLEMAS MASÓNICOS EN EL CASTILLO DE MAGALIA?
POR Pablo Erce*
Son muchos los visitantes o residentes temporales de la imponente fortaleza de los Dávila que se marchan persuadidos de un hecho bastante extraño o por lo menos chocante: la existencia en plena fachada del castillo - palacio de unos símbolos o emblemas de la Francmasonería, grabados en la piedra.
Estos se hallarían concretamente en uno de los escudos de armas incrustados en la torre de la izquierda, junto al balcón, que ostenta en la mitad las armas de los Dávila, los famosos siete roeles o medias esferas, mientras que en la otra mitad se aprecian las figuras del mallete y el compás de la Orden Masónica, no enlazados ni sobrepuestos sino separados. Al menos, eso dicen buen número de personas de dentro y fuera de la casa. Y de ahí y perderse en lucubraciones sobre quienes de los poseedores del castillo hubieran pertenecido a la mencionada institución no hay más que un paso, que la imaginación hace muy corto.
Esta interpretación es sencillamente absurda. Ningún noble haría colocar entre las figuras heráldicas de su linaje otra cosa que no fuese su enlace o fusión con otro linaje, y mucho menos su presunta pertenencia a ninguna orden o asociación de la clase que fuese. Por ello la versión popular del masonismo del famoso escudo no se tiene en pie. Lo que hay y se ve en el de Magalia es sencillamente la fusión de dos familias o estirpes nobiliarias. Pero, ¿cual es la que acompaña a las armas tradicionales de los Marqueses de Las Navas? Para desvelar la incógnita debemos desplazarnos al lugar donde realmente se halla la clave del enigma: el convento abulense de Mosén Rubí.
Si habéis visitado tan hermoso monumento del siglo XVI, en el que coinciden los estilos gótico tardío y renacimiento, habréis notado que allí los mismos símbolos "masónicos" que hay en Magalia se ven por todas partes, tanto en el exterior como en el interior. Sobre ellos han corrido ríos de tinta. Y, sin embargo, la cosa está clara: en ningún caso se trata de marcas o contraseñas de albañiles y canteros - tan abundantes en Castilla -, sino de algo de mayor entidad, pues son la expresión clara de un linaje que tuvo mucho que ver con la construcción del templo. Por eso aparecen en escudos sobre las vidrieras, las paredes, las sillerías, las cornisas, etc. Pero ¿cual era esta familia? Sencillamente, la de los Bracamonte, linaje procedente de Francia que se estableció en Castilla en el siglo XIV, reinando D. Enrique II de Trastamara. Veamos ahora por qué sus armas aparecen en la capilla de Ávila con tanta profusión.
Los fundadores del templo fueron las dos personas cuyo sepulcro ocupa el centro de la construcción, Doña María de Herrera, señora de Velada y Colilla, y su esposo, D. Andrés Vázquez Dávila. Estos piadosos señores, no habiendo tenido descendencia, encomendaron a su sobrino Mosén Rubí de Bracamonte que se ocupara de concluir su fundación y el sepulcro de alabastro en el que descansan sus restos. Así lo recuerda la inscripción que figura sobre este monumento. Como los Bracamonte estaban íntimamente emparentados con los donantes, Mosén rubí no sólo cumplió el encargo de éstos sino que por doquier hizo colocar las armas de su propia familia.
Ahora solo queda por explicar el motivo por el que los mismos blasones bracamonteses se hallan en Magalia. Y éste no fue otro que el matrimonio de Doña Ana de Dávila y Córdoba, hija de los primeros marqueses de Las Navas, con D. Juan de Bracamonte y Guzmán, quinto señor de Peñaranda y de Bóveda, bendecido con seis hijos. Los jóvenes esposos habitaron probablemente en el castillo y por ello se colocó el escudo con sus blasones respectivos, mitad por mitad, como suele hacerse en estos casos. Por cierto que las armas de los señores de Peñaranda (de Bracamonte) están allí simplificadas, pues les falta una greca alrededor con ocho áncoras de plata, que recuerda cómo Monsieur Rubin de Braquemont, cuando vino a quedarse en España hacia 1350 era almirante mayor de la armada francesa.
Y como breve explicación del sentido particular de los supuestos emblemas masónicos, diremos que las figuras labradas sobre el granito del escudo no representan un mallete y un compás (o una escuadra, según se mire), sino sendas máquinas de guerra, a saber: un chevreau o cherró, llamado así a la francesa, o un mazo y una cabria, a la española, ésta relativa a las espuelas y a los ingenios para levantar pesos, hacer fortificaciones, etc., que en los escudos más ilustrados de tan renombrada familia se ven en negro (o sable) sobre fondo de plata.
Pablo Erce, Funcionario de la Administración del Estado, es profesor de Idiomas y colaborador de RNE.
Autor de novelas cortas y cuentos,
tiene en su haber más de 40 obras de teatro.
Su primer libro, agotado, fue una biografía de Rembrand.
(*)Nota de la revista:
En la novela El Siglo de las Luces del gran escritor cubano Alejo Carpentier se puede leer: "...al exilado español, buhonero de día, orador después del crepúsculo, para quien la masonería estaba activa en Ávila en el siglo XVI, según testimoniaban ciertas figuraciones de compases, escuadras y malletes hallados recientemente -según él- en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, edificada por el alarife judío Mosé Rubí de Braquemonte"
sumarios:
"Son muchos los visitantes
que se marchan persuadidos de la existencia de unos símbolos o emblemas de la Francmasonería"
"En la torre de la izquierda,
junto al balcón, en una mitad
las armas de los Dávila, y en la otra mitad las figuras del mallete y el compás de la Orden Masónica"
"Lo que hay y se ve en el de Magalia es sencillamente la fusión de dos familias o estirpes nobiliarias"
"Para desvelar la incógnita del titulo debemos desplazarnos al lugar donde realmente se halla la clave del enigma: el convento abulense de Mosén Rubí"(*)
PAGINAS X y XI DE LA 'FONTANA SONORA', SUPLEMENTO DE 'CAMINAR CONOCIENDO'
POR Pablo Erce*
Son muchos los visitantes o residentes temporales de la imponente fortaleza de los Dávila que se marchan persuadidos de un hecho bastante extraño o por lo menos chocante: la existencia en plena fachada del castillo - palacio de unos símbolos o emblemas de la Francmasonería, grabados en la piedra.
Estos se hallarían concretamente en uno de los escudos de armas incrustados en la torre de la izquierda, junto al balcón, que ostenta en la mitad las armas de los Dávila, los famosos siete roeles o medias esferas, mientras que en la otra mitad se aprecian las figuras del mallete y el compás de la Orden Masónica, no enlazados ni sobrepuestos sino separados. Al menos, eso dicen buen número de personas de dentro y fuera de la casa. Y de ahí y perderse en lucubraciones sobre quienes de los poseedores del castillo hubieran pertenecido a la mencionada institución no hay más que un paso, que la imaginación hace muy corto.
Esta interpretación es sencillamente absurda. Ningún noble haría colocar entre las figuras heráldicas de su linaje otra cosa que no fuese su enlace o fusión con otro linaje, y mucho menos su presunta pertenencia a ninguna orden o asociación de la clase que fuese. Por ello la versión popular del masonismo del famoso escudo no se tiene en pie. Lo que hay y se ve en el de Magalia es sencillamente la fusión de dos familias o estirpes nobiliarias. Pero, ¿cual es la que acompaña a las armas tradicionales de los Marqueses de Las Navas? Para desvelar la incógnita debemos desplazarnos al lugar donde realmente se halla la clave del enigma: el convento abulense de Mosén Rubí.
Si habéis visitado tan hermoso monumento del siglo XVI, en el que coinciden los estilos gótico tardío y renacimiento, habréis notado que allí los mismos símbolos "masónicos" que hay en Magalia se ven por todas partes, tanto en el exterior como en el interior. Sobre ellos han corrido ríos de tinta. Y, sin embargo, la cosa está clara: en ningún caso se trata de marcas o contraseñas de albañiles y canteros - tan abundantes en Castilla -, sino de algo de mayor entidad, pues son la expresión clara de un linaje que tuvo mucho que ver con la construcción del templo. Por eso aparecen en escudos sobre las vidrieras, las paredes, las sillerías, las cornisas, etc. Pero ¿cual era esta familia? Sencillamente, la de los Bracamonte, linaje procedente de Francia que se estableció en Castilla en el siglo XIV, reinando D. Enrique II de Trastamara. Veamos ahora por qué sus armas aparecen en la capilla de Ávila con tanta profusión.
Los fundadores del templo fueron las dos personas cuyo sepulcro ocupa el centro de la construcción, Doña María de Herrera, señora de Velada y Colilla, y su esposo, D. Andrés Vázquez Dávila. Estos piadosos señores, no habiendo tenido descendencia, encomendaron a su sobrino Mosén Rubí de Bracamonte que se ocupara de concluir su fundación y el sepulcro de alabastro en el que descansan sus restos. Así lo recuerda la inscripción que figura sobre este monumento. Como los Bracamonte estaban íntimamente emparentados con los donantes, Mosén rubí no sólo cumplió el encargo de éstos sino que por doquier hizo colocar las armas de su propia familia.
Ahora solo queda por explicar el motivo por el que los mismos blasones bracamonteses se hallan en Magalia. Y éste no fue otro que el matrimonio de Doña Ana de Dávila y Córdoba, hija de los primeros marqueses de Las Navas, con D. Juan de Bracamonte y Guzmán, quinto señor de Peñaranda y de Bóveda, bendecido con seis hijos. Los jóvenes esposos habitaron probablemente en el castillo y por ello se colocó el escudo con sus blasones respectivos, mitad por mitad, como suele hacerse en estos casos. Por cierto que las armas de los señores de Peñaranda (de Bracamonte) están allí simplificadas, pues les falta una greca alrededor con ocho áncoras de plata, que recuerda cómo Monsieur Rubin de Braquemont, cuando vino a quedarse en España hacia 1350 era almirante mayor de la armada francesa.
Y como breve explicación del sentido particular de los supuestos emblemas masónicos, diremos que las figuras labradas sobre el granito del escudo no representan un mallete y un compás (o una escuadra, según se mire), sino sendas máquinas de guerra, a saber: un chevreau o cherró, llamado así a la francesa, o un mazo y una cabria, a la española, ésta relativa a las espuelas y a los ingenios para levantar pesos, hacer fortificaciones, etc., que en los escudos más ilustrados de tan renombrada familia se ven en negro (o sable) sobre fondo de plata.
Pablo Erce, Funcionario de la Administración del Estado, es profesor de Idiomas y colaborador de RNE.
Autor de novelas cortas y cuentos,
tiene en su haber más de 40 obras de teatro.
Su primer libro, agotado, fue una biografía de Rembrand.
(*)Nota de la revista:
En la novela El Siglo de las Luces del gran escritor cubano Alejo Carpentier se puede leer: "...al exilado español, buhonero de día, orador después del crepúsculo, para quien la masonería estaba activa en Ávila en el siglo XVI, según testimoniaban ciertas figuraciones de compases, escuadras y malletes hallados recientemente -según él- en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, edificada por el alarife judío Mosé Rubí de Braquemonte"
sumarios:
"Son muchos los visitantes
que se marchan persuadidos de la existencia de unos símbolos o emblemas de la Francmasonería"
"En la torre de la izquierda,
junto al balcón, en una mitad
las armas de los Dávila, y en la otra mitad las figuras del mallete y el compás de la Orden Masónica"
"Lo que hay y se ve en el de Magalia es sencillamente la fusión de dos familias o estirpes nobiliarias"
"Para desvelar la incógnita del titulo debemos desplazarnos al lugar donde realmente se halla la clave del enigma: el convento abulense de Mosén Rubí"(*)
PAGINAS X y XI DE LA 'FONTANA SONORA', SUPLEMENTO DE 'CAMINAR CONOCIENDO'
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Manuel Segovia: DUALIDAD A TRAVES DE LOS CHARCOS
DUALIDAD A TRAVES DE LOS CHARCOS
por Manuel Segovia
Está lloviendo. Simonato Reiriz aguarda sentado en una vieja banqueta de madera que un día hizo su padre para sentarse al fogón de la cocina en el invierno. Coge la banqueta, un racimo de uvas y se sienta en el umbral de la puerta que da directamente al corral del patio esperando que escampe.
En Capazo llueve a menudo, porque está cerca del trópico de Abril, pero no son tantas las veces que como hoy, víspera de San Hinojo, - El Patrón, que murió ahogado por salvar a su hermano en el lago que cruzaban huyendo de los celosos mincas para traer las cenizas incorruptas del Fundador al pueblo de Capazo.- lo hace.
La última vez que ocurrió , fue el año en que Simonato Reiriz perdió en la crecida del río, por las lluvias, dos de las siete vacas lecheras que tenía pastando en el molino, aunque Simonato no se convence que fueran las aguas, sino la vara de mimbre de algún ladrón del camino que aprovechó la ocasión de catástrofe para, protegido por las aguas, arrear con las vacas. Aquel día, víspera de San Hinojo, debido al temporal, Simonato no pudo acudir a su encuentro " pluvial" , y no por ir a reunir el ganado o por miedo a que lo llevase una "trompa " de agua, si no porque tanto llovía que no paró de caer en tres días. Tanto que no había charcos en los caminos, si no que los caminos eran ríos por los que nadaban liebres en lugar de sardinas.
Hoy Simonato aquí sentado está pidiendo al cielo, y reza para que deje de llover antes de que se eche la noche, y poder acudir a su encuentro.
Ahora parece que cae más fino, las gotas ya no hacen pompas al caer, lo cual quiere decir que no va a llover mucho más. En Capazo, cuando hay tormentas, las gotas de lluvia caen al suelo al golpear haciendo pompas enormes, del tamaño de un huevo de gallina. Si la tormenta es pasajera o ya se está acabando, entonces llueve como en todos los sitios.
Cuando por fin deja de llover es casi media tarde, y Simonato Reiriz se echa su capa de lona, coge su viejo paraguas y sale al camino con un paso que cualquiera diría que ha visto que se le llevan las cinco vacas que le quedan. Camina hasta dejar atrás el pueblo , sorteando los charcos y con la cabeza muy alta mirando al frente, tanto que en el pueblo le dicen "estirao", a lo que Simonato responde que a él, no le gusta fisgar y no le interesa la vida de nadie. Deja el camino grande y coge el ramal que va a " a la cueva de las monedas ", pasando entre las paredes de piedras de los "praos" donde relincha algún caballo tordo. Caminando y dejando atrás la pared del último prao antes de llegar al Castañar, allí en medio del camino tiene lugar su encuentro "pluvial". Simonato llega a su charco, más bien pequeño. Como ya no cae ni una gota, está tranquilo, como un espejo.
Se arrima una piedra, se sienta y se asoma al charco. Sonríe de verdad y saluda a Don Simonato del otro lado, Don Simonato del otro lado hace lo propio. Cada uno desde su lado mira al otro, para ver de principio como le ha ido.
Allí los dos Simonatos conversan, y Simonato de este lado le pregunta al otro como ha ido su vida, la vida de Don Simonato el del otro lado, es la vida que Simonato hubiese tenido si cada vez que pudo elegir entre hacer una cosa u otra, hubiese elegido la contraria a la que tomó. Allí, sentado en su charco, Simonato vio que hubiese sido de él si no se hubiese casado con Teresa, o cuando decidió mandar a su hijo al Puerto de Sonsoles a trabajar en el telar de su hermano en lugar de quedarse con él a trabajar la tierra .. y todas las demás decisiones que había tomado en su vida.
A veces se alegra y dice, burlándose de Don Simonato del otro lado : "¡ Que bien hice, que bien hice, ¡ ya ves, para que veas que no soy tan tonto". Porque entre Don Simonato el de aquí y el de allí, están enzarzados a ver cual de los dos mejor. Pero otras veces se entristece o le come la envidia y se dice para si : " Simonato, Simonato, que zoquete eres...Pero cómo iba yo a saber, cómo iba yo a saber."
Allí Simonato se puso al día de su otra vida, hasta que de nuevo comenzaron a hacerse "pompas de gallina". Al principio cuando comenzó a chispear, mal que mal, seguían hablando cada uno desde su lado, pero cuando se puso a llover fuerte, Don Simonato el del otro lado, se marchó sin tiempo casi de decir adiós, y de contarle como Simonato habría podido obtener una ganancia pingüe si no hubiese vendido el viejo Rufo en el camino a unos gitanos en lugar de continuar lo que le faltaba hasta la feria ganadera, y todo por pereza de volver pronto a casa. Simonato, por su parte, le dijo adiós como pudo. Se quedó mirando un poco el charco que se llenaba de anillos y terminó por levantarse, abrir el paraguas e irse.
Había pensado muchas veces poner un techo encima del charco para poder hablar con Don Simonato el del otro lado todo el día hasta que a media noche se acabase la víspera de San Hinojo y comenzase el día Grande de San Hinojo, pero la vez que se decidió, cayo un rayo muy cerca, lo que le hizo pensar si no sería para él, y abandonó la idea.
De vuelta por el camino, pasó por el que fue el charco de su esposa, que ahora ya no se llenaba, por el de su hijo, pero no quiso asomarse a ver como estaba "Simón del otro" lado por no encontrar lo que no se anda buscando. Así que siguió el camino que se llenaba de pompas de gallina, pasó por el molino, contó las vacas, había cinco, y marchó a casa.
Manuel Segovia es navero
licenciado en Economía
LA FONTANA SONORA (suplemento de la revista 'Caminar conociendo' pags. XII y XIII)
por Manuel Segovia
Está lloviendo. Simonato Reiriz aguarda sentado en una vieja banqueta de madera que un día hizo su padre para sentarse al fogón de la cocina en el invierno. Coge la banqueta, un racimo de uvas y se sienta en el umbral de la puerta que da directamente al corral del patio esperando que escampe.
En Capazo llueve a menudo, porque está cerca del trópico de Abril, pero no son tantas las veces que como hoy, víspera de San Hinojo, - El Patrón, que murió ahogado por salvar a su hermano en el lago que cruzaban huyendo de los celosos mincas para traer las cenizas incorruptas del Fundador al pueblo de Capazo.- lo hace.
La última vez que ocurrió , fue el año en que Simonato Reiriz perdió en la crecida del río, por las lluvias, dos de las siete vacas lecheras que tenía pastando en el molino, aunque Simonato no se convence que fueran las aguas, sino la vara de mimbre de algún ladrón del camino que aprovechó la ocasión de catástrofe para, protegido por las aguas, arrear con las vacas. Aquel día, víspera de San Hinojo, debido al temporal, Simonato no pudo acudir a su encuentro " pluvial" , y no por ir a reunir el ganado o por miedo a que lo llevase una "trompa " de agua, si no porque tanto llovía que no paró de caer en tres días. Tanto que no había charcos en los caminos, si no que los caminos eran ríos por los que nadaban liebres en lugar de sardinas.
Hoy Simonato aquí sentado está pidiendo al cielo, y reza para que deje de llover antes de que se eche la noche, y poder acudir a su encuentro.
Ahora parece que cae más fino, las gotas ya no hacen pompas al caer, lo cual quiere decir que no va a llover mucho más. En Capazo, cuando hay tormentas, las gotas de lluvia caen al suelo al golpear haciendo pompas enormes, del tamaño de un huevo de gallina. Si la tormenta es pasajera o ya se está acabando, entonces llueve como en todos los sitios.
Cuando por fin deja de llover es casi media tarde, y Simonato Reiriz se echa su capa de lona, coge su viejo paraguas y sale al camino con un paso que cualquiera diría que ha visto que se le llevan las cinco vacas que le quedan. Camina hasta dejar atrás el pueblo , sorteando los charcos y con la cabeza muy alta mirando al frente, tanto que en el pueblo le dicen "estirao", a lo que Simonato responde que a él, no le gusta fisgar y no le interesa la vida de nadie. Deja el camino grande y coge el ramal que va a " a la cueva de las monedas ", pasando entre las paredes de piedras de los "praos" donde relincha algún caballo tordo. Caminando y dejando atrás la pared del último prao antes de llegar al Castañar, allí en medio del camino tiene lugar su encuentro "pluvial". Simonato llega a su charco, más bien pequeño. Como ya no cae ni una gota, está tranquilo, como un espejo.
Se arrima una piedra, se sienta y se asoma al charco. Sonríe de verdad y saluda a Don Simonato del otro lado, Don Simonato del otro lado hace lo propio. Cada uno desde su lado mira al otro, para ver de principio como le ha ido.
Allí los dos Simonatos conversan, y Simonato de este lado le pregunta al otro como ha ido su vida, la vida de Don Simonato el del otro lado, es la vida que Simonato hubiese tenido si cada vez que pudo elegir entre hacer una cosa u otra, hubiese elegido la contraria a la que tomó. Allí, sentado en su charco, Simonato vio que hubiese sido de él si no se hubiese casado con Teresa, o cuando decidió mandar a su hijo al Puerto de Sonsoles a trabajar en el telar de su hermano en lugar de quedarse con él a trabajar la tierra .. y todas las demás decisiones que había tomado en su vida.
A veces se alegra y dice, burlándose de Don Simonato del otro lado : "¡ Que bien hice, que bien hice, ¡ ya ves, para que veas que no soy tan tonto". Porque entre Don Simonato el de aquí y el de allí, están enzarzados a ver cual de los dos mejor. Pero otras veces se entristece o le come la envidia y se dice para si : " Simonato, Simonato, que zoquete eres...Pero cómo iba yo a saber, cómo iba yo a saber."
Allí Simonato se puso al día de su otra vida, hasta que de nuevo comenzaron a hacerse "pompas de gallina". Al principio cuando comenzó a chispear, mal que mal, seguían hablando cada uno desde su lado, pero cuando se puso a llover fuerte, Don Simonato el del otro lado, se marchó sin tiempo casi de decir adiós, y de contarle como Simonato habría podido obtener una ganancia pingüe si no hubiese vendido el viejo Rufo en el camino a unos gitanos en lugar de continuar lo que le faltaba hasta la feria ganadera, y todo por pereza de volver pronto a casa. Simonato, por su parte, le dijo adiós como pudo. Se quedó mirando un poco el charco que se llenaba de anillos y terminó por levantarse, abrir el paraguas e irse.
Había pensado muchas veces poner un techo encima del charco para poder hablar con Don Simonato el del otro lado todo el día hasta que a media noche se acabase la víspera de San Hinojo y comenzase el día Grande de San Hinojo, pero la vez que se decidió, cayo un rayo muy cerca, lo que le hizo pensar si no sería para él, y abandonó la idea.
De vuelta por el camino, pasó por el que fue el charco de su esposa, que ahora ya no se llenaba, por el de su hijo, pero no quiso asomarse a ver como estaba "Simón del otro" lado por no encontrar lo que no se anda buscando. Así que siguió el camino que se llenaba de pompas de gallina, pasó por el molino, contó las vacas, había cinco, y marchó a casa.
Manuel Segovia es navero
licenciado en Economía
LA FONTANA SONORA (suplemento de la revista 'Caminar conociendo' pags. XII y XIII)
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Ernesto de Gregorio Cortes: DICEN QUE LOS CIEGOS TENEMOS UN TACTO EXCEPCIONAL
Por Ernesto de Gregorio Cortes*
Sumario "En todas las culturas los tabúes han estado presentes de una forma u otra. El tacto no era en algunas santo de la devoción de los ministros divinos, por el contrario, estaba considerado como sucio, pecaminoso"
Dicen que los ciegos tenemos un tacto excepcional. Afirman que los privados de visión contamos con una gracia especial. Aseguran que los invidentes poseemos una inteligencia formidable. Se comenta que ...
A los nueve años, perdí la vista totalmente. Tras numerosas y diferentes peripecias médicas, a mis cuarenta y cinco años, no tengo conciencia de que todo lo que asegura la sabiduría popular sobre los ciegos sea medianamente cierto. Tan sólo hay algo de verdad en lo del tacto, pero sin exagerar. En general, tenemos una mayor sensibilidad en las yemas de los dedos; en definitiva, un mejor aprovechamiento de las capacidades táctiles de las personas ciegas para suplir una carencia capital como es la vista. En cualquier caso, se trata de un desarrollo del tacto mayor del que hacen las personas videntes; lo demás, son garambainas sin ninguna base real ni científica, por mucho que se empeñen las distintas alternativas religiosas en dar una explicación de ayuda divina a las personas discapacitadas.
El tacto cuenta con la limitación de la perspectiva, de la distancia, y, eso no es sustituible por nada. La proximidad y cercanía que tus manos delimitan, empobrece la globalidad de las cosas, por el contrario, la piel de los dedos, transmite sensaciones incomparables preñadas de sensualidad y emociones, que ningún otro sentido es capaz de provocar.
En la intimidad de dos cuerpos, los dedos, recorriendo la geografía anatómica, adquiere un protagonismo fundamental en la relación carnal. El tacto sugiere iniciativas, provoca sensaciones, eleva la sensualidad al grado máximo en la combustión pasional. Toda la incapacidad global y panorámica de la vista, se sustituye por la proximidad e intimidad de lo cercano. El rozamiento percibe informaciones no captadas por los demás sentidos: rugosidades, temperatura; todo un conjunto de datos que logran completar una panorámica próxima, cercana y, eso sí,, pequeña aunque satisfactoria. El tocar, en ocasiones, disipa dudas y espejismos. En definitiva, el tacto transmite información real, pero insuficiente en ciertos momentos.
La sensación táctil no es patrimonio de los dedos. Muchas veces nos quedamos simplistamente en esa concepción, quizá sea una de las taras educativas de las personas que hemos superado ampliamente los cuarenta. En las relaciones íntimas, la boca y la lengua desempeñan un papel primordial en el juego amoroso. Hasta ahora, estas relaciones se limitaban casi exclusivamente al acto sexual sin más, ya no digamos en la forma de concebir las mismas de nuestros padres. La gama de informaciones táctiles que nuestro cuerpo es capaz de alcanzar están muy por encima de las que realmente sabemos utilizar, nos quedamos romos en la explotación de nuestro cuerpo en todos los sentidos y, en el ámbito del tacto, es una parcela más de la pobreza de medios a desarrollar.
En todas las culturas los tabúes han estado presentes de una forma u otra. El tacto no era en algunas santo de la devoción de los ministros divinos, por el contrario, estaba considerado como sucio, pecaminoso. Todo se reducía a la contemplación y no demasiado evidente. Afortunadamente, para algunos de los mortales, podemos tocar sin temor a ser calificados de pecadores y depravados, entre otros epítetos; y si además, nos gusta tocar y disfrutamos tocando, pues, de mil maravillas.
Tocar por necesidad no resulta muy apasionante, cuando es un intento de sustituir otra cosa, pero cuando se hace por gusto, con deleite y ganas de tocar, el placer no tiene desperdicio. En el amor, e incluso en la amistad, la conciencia de que posees un tacto muy desarrollado te redime de algunos sinsabores y amarguras. Sí, en la amistad, el tacto también es fundamental para las personas que tenemos necesidad y gusto por tocar. ¿Por qué no deslizar las yemas de los dedos por el rostro del amigo para saber como es?
Pretender sustituir un sentido por otro, es tan absurdo como inútil, tan ridículo como ingenuo. El tacto es lo que es y asumir sus cualidades y limitaciones es lo único posible. Pero a pesar de todo, las infinitas fuentes informativas táctiles hay que desarrollarlas más y mejor, no para sustituir, no para reemplazar, pero sí para disfrutar, sí para gozar de una realidad cercana y limitada que diez dedos pueden hacerlo como ninguna otra parte del cuerpo humano.
Ernesto de Greorio es toledano, periodista invidente; Subdirector de la revista Perfiles órgano de la ONCEA los nueve años, perdí la vista totalmente. Tras numerosas y diferentes peripecias médicas, a mis cuarenta y cinco años, no tengo conciencia de que todo lo que asegura la sabiduría popular sobre los ciegos sea medianamente cierto. Tan sólo hay algo de verdad en lo del tacto, pero sin exagerar. En general, tenemos una mayor sensibilidad en las yemas de los dedos; en definitiva, un mejor aprovechamiento de las capacidades táctiles de las personas ciegas para suplir una carencia capital como es la vista. En cualquier caso, se trata de un desarrollo del tacto mayor del que hacen las personas videntes; lo demás, son garambainas sin ninguna base real ni científica, por mucho que se empeñen las distintas alternativas religiosas en dar una explicación de ayuda divina a las personas discapacitadas.
El tacto cuenta con la limitación de la perspectiva, de la distancia, y, eso no es sustituible por nada. La proximidad y cercanía que tus manos delimitan, empobrece la globalidad de las cosas, por el contrario, la piel de los dedos, transmite sensaciones incomparables preñadas de sensualidad y emociones, que ningún otro sentido es capaz de provocar.
En la intimidad de dos cuerpos, los dedos, recorriendo la geografía anatómica, adquiere un protagonismo fundamental en la relación carnal. El tacto sugiere iniciativas, provoca sensaciones, eleva la sensualidad al grado máximo en la combustión pasional. Toda la incapacidad global y panorámica de la vista, se sustituye por la proximidad e intimidad de lo cercano. El rozamiento percibe informaciones no captadas por los demás sentidos: rugosidades, temperatura; todo un conjunto de datos que logran completar una panorámica próxima, cercana y, eso sí,, pequeña aunque satisfactoria. El tocar, en ocasiones, disipa dudas y espejismos. En definitiva, el tacto transmite información real, pero insuficiente en ciertos momentos.
La sensación táctil no es patrimonio de los dedos. Muchas veces nos quedamos simplistamente en esa concepción, quizá sea una de las taras educativas de las personas que hemos superado ampliamente los cuarenta. En las relaciones íntimas, la boca y la lengua desempeñan un papel primordial en el juego amoroso. Hasta ahora, estas relaciones se limitaban casi exclusivamente al acto sexual sin más, ya no digamos en la forma de concebir las mismas de nuestros padres. La gama de informaciones táctiles que nuestro cuerpo es capaz de alcanzar están muy por encima de las que realmente sabemos utilizar, nos quedamos romos en la explotación de nuestro cuerpo en todos los sentidos y, en el ámbito del tacto, es una parcela más de la pobreza de medios a desarrollar.
En todas las culturas los tabúes han estado presentes de una forma u otra. El tacto no era en algunas santo de la devoción de los ministros divinos, por el contrario, estaba considerado como sucio, pecaminoso. Todo se reducía a la contemplación y no demasiado evidente. Afortunadamente, para algunos de los mortales, podemos tocar sin temor a ser calificados de pecadores y depravados, entre otros epítetos; y si además, nos gusta tocar y disfrutamos tocando, pues, de mil maravillas.
Tocar por necesidad no resulta muy apasionante, cuando es un intento de sustituir otra cosa, pero cuando se hace por gusto, con deleite y ganas de tocar, el placer no tiene desperdicio. En el amor, e incluso en la amistad, la conciencia de que posees un tacto muy desarrollado te redime de algunos sinsabores y amarguras. Sí, en la amistad, el tacto también es fundamental para las personas que tenemos necesidad y gusto por tocar. ¿Por qué no deslizar las yemas de los dedos por el rostro del amigo para saber como es?
Pretender sustituir un sentido por otro, es tan absurdo como inútil, tan ridículo como ingenuo. El tacto es lo que es y asumir sus cualidades y limitaciones es lo único posible. Pero a pesar de todo, las infinitas fuentes informativas táctiles hay que desarrollarlas más y mejor, no para sustituir, no para reemplazar, pero sí para disfrutar, sí para gozar de una realidad cercana y limitada que diez dedos pueden hacerlo como ninguna otra parte del cuerpo humano.
Sumario "En todas las culturas los tabúes han estado presentes de una forma u otra. El tacto no era en algunas santo de la devoción de los ministros divinos, por el contrario, estaba considerado como sucio, pecaminoso"
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José Luis Morante: 'Luis Felipe Comendador, un poeta del desencanto'
POESÍA DE LOS NOVENTA:
LUIS FELIPE COMENDADOR, UN POETA DEL DESENCANTO
por José Luis Morante*
Luis Felipe Comendador nació en Béjar (Salamanca) en 1957. Pertenece a la generación de García Montero, Benítez Reyes y Carlos Marzal según críticos y antólogos. También podría alinearse con Juan Carlos Mestre, Andrés Trapiello o... Blanca Andreu por citar algunos.
Pero ha publicado tarde y se puede considerar un poeta de los noventa. Es conocido como editor y animador cultural al frente de la revista Los Cuadernos del Sornabique. Con Sesión continua acaba de recibir el Premio Internacional Gabriel Celaya de Torredonjimeno Jaén; el segundo recayó en un colaborador de Caminar conociendo Tomás Camacho Molina.
Pero el mejor Comendador se percibe en tres libros: Sentado en un bar, Un suicidio menor y Sesión continua. Los tres comparten un personaje poético semejante: un tipo corriente que no desdeña la pública exhibición de su mundo afectivo, que mira al pasado con insistencia, enfermo de nostalgia y de tedio; y que reconstruye un lejano paraíso con un sentimiento elegíaco desmesurado, mientras sorbe unos mínimos tragos de rebeldía entre la cotidianeidad de un pueblo de provincias porque racionaliza la certeza de un mañana que llegará sin ningún cargamento trascendente.
El sujeto poético no vive desligado del presente. Tiene un profundo sentimiento social. Percibe desajustes si mira a su alrededor, le indigna la situación de Bosnia, Ruanda, Chiapas, y no soporta esa moral burguesa de conformidad con un tiempo que nos hace mediocres. Esta es la atmósfera que respiramos en Sesión continua, cuya novedad fundamental es la construcción de las composiciones con técnicas cinematográficas. Las estrofas aparecen bajo la vestimenta de pequeños cortos que incluyen instrucciones de rodaje. Así el libro nos va dejando argumentos que dibujan con precisión, y una emoción contenida, todo el friso social.
El poeta recurre a la escritura como respuesta a una situación existencial: la poesía es útil en cuanto cuestiona el conformismo y la abulia pasiva, en cuanto utiliza el verso para poner en tela de juicio determinadas actitudes o determinados comportamientos insolidarios, mediante el escepticismo y la ironía no exenta de crueldad.
El bejarano es el aplicado notario insobornable que hace la crónica de un desencanto: su poesía entrometida zarandea porque dice en voz alta y por escrito lo que todos pensamos: somos protagonistas secundarios, figurantes anónimos, las torpes marionetas de un pequeño teatro cuyos hilos maneja a su capricho un invisible director de escena.
José Luis Morante (crítico literario, profesor y poeta)
Los amplios párrafos que aquí se muestran son parte de un texto que el autor leyó en el Salón de Actos del Ateneo de Madrid el día 15 de enero de 1997, en la presentación del libro de Luis Felipe Comendador Sesión continua.
SUMARIOS:
"la poesía es útil
en cuanto cuestiona
el conformismo
y la abulia pasiva"
"su poesía zarandea,
dice en voz alta
lo que todos pensamos:
somos protagonistas
secundarios,
las torpes marionetas
de un teatro que
maneja a su capricho
un invisible director de escena"
.
DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', Nº 6; Las Navas del Marqués (Ávila)
LUIS FELIPE COMENDADOR, UN POETA DEL DESENCANTO
por José Luis Morante*
Luis Felipe Comendador nació en Béjar (Salamanca) en 1957. Pertenece a la generación de García Montero, Benítez Reyes y Carlos Marzal según críticos y antólogos. También podría alinearse con Juan Carlos Mestre, Andrés Trapiello o... Blanca Andreu por citar algunos. Pero ha publicado tarde y se puede considerar un poeta de los noventa. Es conocido como editor y animador cultural al frente de la revista Los Cuadernos del Sornabique. Con Sesión continua acaba de recibir el Premio Internacional Gabriel Celaya de Torredonjimeno Jaén; el segundo recayó en un colaborador de Caminar conociendo Tomás Camacho Molina.
Su libro inicial Versos giróvagos es casi una propuesta surrealista. Son los mecanismos del sueño y los automatismos de la intuición quienes actúan como elementos motrices en las composiciones que manan desde una tradición poco transitada que recorre la mística sufí, el acervo clásico helenístico y alguna lectura heterodoxa del Antiguo Testamento.
Notario de las horas se vertebra a partir del recuerdo y de la reflexión intelectual y y hay en sus poemas una evidente voluntad de despojamiento y un importante exilio de elementos retóricos cuyo objetivo final el abandono del hermetismo y la utilización de una sintaxis más comunicativa conseguida mediante un lenguaje intimista, evocador y en ocasiones prosaico.
Realistas y existencialistas, sarcásticos e irreverentes, con materiales que entrelazan biografía y ficción, son los poemas de En fin... ya veis amigos, una tercera entrega que nos recuerda mucho las prácticas escriturales del realismo sucio americano, próximas al comic y al cine negro, tan asumidas en la reciente poesía española por nombres como Roger Wolfe o Karmelo Iribarren.
Pero el mejor Comendador se percibe en tres libros: Sentado en un bar, Un suicidio menor y Sesión continua. Los tres comparten un personaje poético semejante: un tipo corriente que no desdeña la pública exhibición de su mundo afectivo, que mira al pasado con insistencia, enfermo de nostalgia y de tedio; y que reconstruye un lejano paraíso con un sentimiento elegíaco desmesurado, mientras sorbe unos mínimos tragos de rebeldía entre la cotidianeidad de un pueblo de provincias porque racionaliza la certeza de un mañana que llegará sin ningún cargamento trascendente.
El sujeto poético no vive desligado del presente. Tiene un profundo sentimiento social. Percibe desajustes si mira a su alrededor, le indigna la situación de Bosnia, Ruanda, Chiapas, y no soporta esa moral burguesa de conformidad con un tiempo que nos hace mediocres. Esta es la atmósfera que respiramos en Sesión continua, cuya novedad fundamental es la construcción de las composiciones con técnicas cinematográficas. Las estrofas aparecen bajo la vestimenta de pequeños cortos que incluyen instrucciones de rodaje. Así el libro nos va dejando argumentos que dibujan con precisión, y una emoción contenida, todo el friso social.
El poeta recurre a la escritura como respuesta a una situación existencial: la poesía es útil en cuanto cuestiona el conformismo y la abulia pasiva, en cuanto utiliza el verso para poner en tela de juicio determinadas actitudes o determinados comportamientos insolidarios, mediante el escepticismo y la ironía no exenta de crueldad.
El bejarano es el aplicado notario insobornable que hace la crónica de un desencanto: su poesía entrometida zarandea porque dice en voz alta y por escrito lo que todos pensamos: somos protagonistas secundarios, figurantes anónimos, las torpes marionetas de un pequeño teatro cuyos hilos maneja a su capricho un invisible director de escena.
José Luis Morante (crítico literario, profesor y poeta)
Los amplios párrafos que aquí se muestran son parte de un texto que el autor leyó en el Salón de Actos del Ateneo de Madrid el día 15 de enero de 1997, en la presentación del libro de Luis Felipe Comendador Sesión continua.
SUMARIOS:
"la poesía es útil
en cuanto cuestiona
el conformismo
y la abulia pasiva"
"su poesía zarandea,
dice en voz alta
lo que todos pensamos:
somos protagonistas
secundarios,
las torpes marionetas
de un teatro que
maneja a su capricho
un invisible director de escena"
.
DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', Nº 6; Las Navas del Marqués (Ávila)
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